Capítulo 17

Tercer poema

Mano extendida con arena rosa
José atraviesa días de cierre y reorganización tras conversaciones intensas que lo dejan cansado, pero más liviano. Entre trámites, planes de trabajo y decisiones logísticas, avanza con mayor claridad sobre su rumbo inmediato. La escritura y una pista que revisita con calma le devuelven foco y confianza. El viaje continúa hacia un nuevo escenario, acompañado por encuentros significativos y el respaldo constante de amistades que funcionan como ancla emocional en medio del movimiento.

Cuando se sentó frente al computador, agotado, cansado, casi demacrado, José sintió que lo ocurrido no le había gustado, no tanto por el hecho en sí, sino por la forma en que se había dado. No era fácil de digerir. Aun así, había algo distinto en su interior: una sensación de alivio. La conversación con su madre y su hermano había removido tensiones que llevaba acumuladas desde hacía demasiado tiempo. Hablar, decir lo que sentía sin tantas barreras, lo había dejado expuesto, pero también más liviano.
No podía decir que todo estuviera bien. Mucho menos que las cosas estuvieran resueltas. Pero sí sentía que había descargado un peso importante. En contraste con eso, la charla con Sara había sido definitiva. Algo se había roto ahí, de una manera que ya no admitía regreso. Esa certeza, aunque dolía, también le daba claridad.
Tomó el celular y le escribió a su hermano un simple “gracias”. No hacía falta decir más, pero era evidente que lo hacía por la liberación que había sentido. Luego volvió al computador, aunque esta vez no para perderse en pensamientos, sino para ordenar lo que venía.
Pensó en la terapia. No como una obligación, sino como una herramienta que siempre había valorado. Decidió escribirle a Martina. Sabía que entre amigos no era sano llevar un proceso psicológico, pero confiaba en su criterio. Martina le respondió con rapidez y le habló de Elizabeth, una chica con la que había trabajado tiempo atrás. Le pareció una buena opción: profesional, sensible, con un enfoque holístico que, intuía José, podía ayudarle a trabajar justo lo que necesitaba en ese momento.
Agendó una cita, y eso lo hizo sentir mucho más tranquilo. Estaba poniendo su vida en orden. Luego se fue a dormir sin siquiera mirar la hora. El sueño fue reparador.
Durante los días en Colombia había avanzado bastante en la documentación para mejorar su método de generación de ingresos. Tenía planes, esquemas, ideas más claras. No estaba improvisando.
A la mañana siguiente cerró temas de trabajo. Tuvo una reunión con un cliente nuevo que venía referido. A pesar de que era domingo, llamó a su abogado para hablarle del cliente y luego a su contador; a ambos les explicó los cambios que tenía en mente para su negocio y les pidió asesoría. Envió correos y agendó algunas citas, esperando que todo se diera dentro de los tiempos correctos. Lo más probable era que, por documentación y visado, tendría que volver a Colombia, pero eso no le quitaba el sueño.
Hizo una reservación en un hotel en Miami; eligió algo pequeño y modesto, cerca del aeropuerto. Allí pasaría solo una noche antes de tomar el vuelo temprano del día siguiente, a las ocho de la mañana, rumbo a su nuevo destino.
Por la tarde terminó asuntos que había iniciado en la semana para dejar en orden su apartamento. Habló con el dueño para informarle que no estaría en el país durante algunos meses. Llegaron a un acuerdo sobre la renta y los servicios públicos para que no los afectara a ninguno de los dos. Hizo algunos pagos, realizó una limpieza básica y dejó programadas un par de visitas para que fueran a asearlo en su ausencia.
Ya cansado, abrió la aplicación de Muwi. Había subido una que otra foto en la sección de bitácora, con descripciones breves, pero al leerlas de nuevo sintió una incomodidad conocida. No le gustaban. No era él. Siempre hacía eso en momentos de estrés: fotos con miradas cansadas, con una sonrisa forzada que no decía nada. Cerró la aplicación sin escribir.
Entonces sacó su cuaderno: “Mi propio One Piece. Mi libertad”. La bitácora estaba llena: poemas, traducciones, notas de Cartagena, del viaje a México, de Flores. Reportes de lugares, recortes, fotografías tomadas con su Polaroid. La que más le gustaba era la del Popocatépetl. Era su archivo más valioso. Pasar las páginas lo calmaba. Todo estaba ahí, ordenado a su manera.
Al llegar a las páginas de la pista número tres, volvió a leerla con atención, tratando de entender —ya sin ansiedad— cómo había llegado a esa conclusión.
“Entre mares rosados al amanecer; los ecos de un fuerte que nunca disparó; y las lágrimas minerales prehistóricas, halladas por manos infantiles que abren la entraña de cristal, se revela la verdad de una fe que viajó más allá del mundo conocido.
Cuidado viajero: en este punto donde las tres líneas entre el cielo y el agua se cruzan, la brújula duda; el mar murmura nombres que no deben recordarse; y el tiempo se pliega sobre sí mismo, mientras la oscuridad reclama su precio.
Pero al final —o al inicio— del occidente se alza una torre de hierro sobre una colina; solo quien sigue la luz del faro, sin temor al abismo, hallará el eco del puerto que mira en soledad el vasto camino hacia el viejo mundo.”
Ahora todo encajaba mejor. Leyó sus anotaciones: el fuerte que nunca disparó, las lágrimas minerales, la entraña de cristal, las tres líneas entre el cielo y el agua, la torre de hierro, el faro y el camino hacia el viejo mundo. No era una certeza absoluta, pero sí una convicción sólida. Había considerado otros lugares, pero ese seguía siendo el más lógico.
Un poco más tranquilo, preparó una maleta pensada para el movimiento: ropa cómoda, aventurera, adecuada para caminar, explorar, improvisar. También incluyó algunas prendas más formales, por si necesitaba atender reuniones por videollamada o cerrar negocios de manera presencial. Por supuesto, agregó el cuaderno, la cámara Polaroid y el reloj que había comprado en Cartagena, ese que miraba con cariño cada vez que lo ajustaba en su muñeca.
Le escribió a Manuel para avisarle que llegaría a Miami al día siguiente y le preguntó si podían verse antes de que continuara su viaje. Manuel respondió que sí, que tanto él como Martina podrían verlo. Lo invitaron a cenar. Por alguna razón confiaba mucho en ambos, aun cuando no llevaba más de dos semanas de conocerlos. No lo pensó demasiado, pero agradeció tener ese contacto.
Con sus amigos habían intentado reunirse antes de su salida, pero no todos pudieron, así que acordaron hablar dos días después. Para entonces, José ya no estaría en Colombia, pero eso no importaba. Querían saber cómo estaba. Quedaron en conectarse a las once de la noche, aunque fuera solo por una hora.
A la mañana siguiente, José ya estaba listo. Bañado, vestido, con todo preparado. Su avión salía a las diez, pero antes de irse, como si hubiera estado esperando hasta el último momento, Sara apareció frente a su puerta. La vez anterior, él había dejado una carta de despedida. Esta vez fue ella quien habló: dijo cosas, reclamó, exigió respuestas. José la escuchó apenas lo necesario.
—Ya no vale la pena —fue lo único que respondió.
No hubo discusión ni intento de explicación. Sara quedó petrificada en la entrada, sin entender su respuesta. José caminó hasta la esquina, levantó el brazo para pedir un taxi, se subió al carro y se fue.
En el aeropuerto todo fue rutinario. Subió al avión, viajó en clase turista, desayunó huevos del servicio e intentó descansar. La situación con su exesposa lo había dejado cargado. Al llegar a Miami, las preguntas de los agentes fueron más insistentes de lo normal, pero al demostrar que tenía un vuelo al día siguiente, lo dejaron pasar.
Al salir del aeropuerto tomó un taxi hasta el hotel y, tras hacer el check-in, se acomodó, almorzó algo ligero y luego salió al centro para encontrarse con Manuel y Martina. Subieron a una torre desde donde vieron caer la tarde.
Hablaron de trabajo. José les mostró sus planes, las ideas que estaba desarrollando. Ambos los vieron con buenos ojos y le sugirieron puntos en los que podía profundizar. La conversación fue clara, práctica, estimulante. No hablaron de la terapia ni de su estado mental.
Como en todo su viaje, tomó algunas fotos con su Polaroid, aunque solo las mejores se incorporaban al cuaderno. Escribió sobre cada parte del día. En Muwi subió una foto del atardecer desde la terraza. Esa noche fue tranquila.
Antes de las once ya estaba acostado, con la sensación de haber recargado energía.
A las seis de la mañana ya estaba nuevamente en el aeropuerto. Era momento de irse.
El vuelo transcurrió sin novedad y, dos horas y media después, aterrizó en una pequeña isla. Al salir del aeropuerto, tras completar el ingreso migratorio, esperó el bus y leyó el letrero que confirmaba lo que ya sabía: “Bienvenido a Bermudas”.
Tomó el autobús hacia Hamilton, la capital. Se bajó en la terminal y caminó hasta el ayuntamiento y el centro de artes. Todo se sentía distinto. Más caro. Más ajeno. Allí se quedaría tres días, en un pequeño hostal que incluía desayuno. La persona que lo recibió hablaba español; le explicó cómo moverse por la isla y le sugirió alquilar una moto para desplazarse con mayor libertad.
Por la tarde almorzó en un restaurante económico, caminó por el parque Victoria, visitó algunas catedrales del centro y pasó por el museo interactivo. Gastó el día entero en actividades locales: había decidido disfrutar el viaje todo lo posible para no cargar con remordimientos después. Al final de la tarde tomó un bus hacia Elbow Beach, donde bebió un cóctel costoso mientras observaba el sol esconderse en el horizonte.
Ya de noche, instalado en el hostal, cumplió lo prometido y se comunicó con sus amigos.
Cuando la videollamada se encendió, todos hablaban al mismo tiempo. No se entendía nada: risas, gritos, interrupciones. José agradeció tener audífonos para no molestar a los demás huéspedes. No dijo nada al principio; solo observó los rostros de esos amigos de tantos años. Algunos los había conocido en la universidad; a otros, en internet, en foros y discusiones interminables que, con el tiempo, se volvieron conversaciones diarias. Todos colombianos. Todos bogotanos en algún punto de sus vidas. Hoy, dispersos en ciudades distintas del país, con rutinas propias, trabajos diferentes y caminos que se habían separado sin romperse.
Aun así, seguían juntos para aconsejar, escuchar o teorizar sobre One Piece, alguna otra historia o la actualidad. Ellos eran su lugar seguro. Aunque no se veían presencialmente desde hacía casi diez años, el vínculo era más fuerte que nunca. El viaje de José no era una excusa para hablar: era simplemente otro acontecimiento que estaban viviendo juntos.
—¡Ahí está! —exclamó el entusiasta—. A ver, José, empiece: ¿qué carajos estás haciendo ahora?
José sonrió.
Dejó que todos hablaran, saludaran, bromearan sin sentido. Cuando el ruido bajó un poco, respiró hondo y comenzó su resumen: Cartagena, México, Guatemala, la encerrona de su familia. No entró en demasiados detalles, pero dejó claro el hilo que unía todo. Luego les explicó el poema sin que nadie se lo pidiera: el lugar de tres lados, la brújula que se estropea, el tiempo que parecía doblarse, el inicio —o el final— del nuevo mundo.
Hubo un silencio breve.
—Entonces es demasiado obvio —dijo el escéptico, inclinándose hacia la cámara—. Con eso, cualquiera puede señalar con el dedo el Triángulo de las Bermudas.
—No el país —aclaró la pensativa—. El punto. El concepto.
—Exacto —continuó el escéptico—. Un cruce. O sigues hacia lo desconocido, o vuelves atrás. No hay término medio. Encaja demasiado bien.
José no respondió de inmediato. Solo asintió, como si escuchar la conclusión en voz ajena hiciera la pista aún más real.
—¿Y cómo vas con el dinero?
José no esquivó la pregunta. Explicó que México le había golpeado fuerte el bolsillo, que había perdido bastante, pero que los proyectos seguían creciendo. Los clientes pedían más cosas, más desarrollo, más presencia. Eso lo sostenía. Incluso mencionó que estaba contemplando crear una empresa en Estados Unidos para poder delegar mientras viajaba.
—Si necesitas ayuda, avisa —dijo el práctico, sin rodeos.
—Todavía no —respondió José—. Más adelante, tal vez.
Habló también de la isla: de lo costoso que era todo, de la playa, del atardecer, de lo fácil que resultaba sentirse pequeño frente a ese paisaje. Comentó que ya había conocido a algunas personas interesantes y volvió brevemente a la pista anterior, la de Flores: lo difícil que había sido, ese margen mínimo, ese dos por ciento que le había permitido pasar la segunda prueba.
—Hay gente que ya está en fase cuatro —dijo, sin entrar en cifras—. Yo sigo en la tres.
—Pero sigues ahí —remarcó la romántica, con suavidad—. Eso es lo importante.
Les contó que al día siguiente, a las once de la mañana, comenzaba oficialmente la nueva pista. Tenía tres lugares por visitar en la isla y aún no sabía cómo moverse: tal vez un scooter, tal vez una bicicleta, aunque necesitaba licencia. Todavía no lo resolvía.
Todos se alegraron por él. Se notaba.
Como tantas otras veces, la conversación terminó girando hacia One Piece. El arco final llevaba semanas en pausa, detenido justo en una pelea cargada de matices, silencios y diálogos que los habían dejado inquietos. Todos se habían quedado congelados en ese punto exacto donde todo parecía a punto de romperse.
No tenían certezas. Tampoco teorías claras. Solo intuiciones dispersas. Plantearon escenarios posibles; algunos los defendieron con entusiasmo, otros los desmontaron con calma, contraargumentando sin elevar la voz. Era una conversación pensativa, honesta, casi reverente. Como antes. Como cuando sus únicas preocupaciones eran los episodios semanales, las teorías imposibles y la sensación de que esa historia los acompañaría siempre.
No hablaban solo del manga: hablaban de lo que les hacía sentir.
—Imagínense —añadió el escéptico— que el final sea completamente distinto a todo lo que hemos pensado.
La charla derivó, casi naturalmente, hacia Luffy. Ninguno hablaba por encima del otro. No discutían para ganar; compartían ideas para entender.
Coincidieron en que Luffy nunca quiso ser Rey de los Piratas por ambición, dinero o poder. Para él, ese título era la forma más pura de libertad: hacer lo que quisiera, cuando quisiera, sin que nadie se interpusiera. Ser libre para navegar, para elegir su camino y, sobre todo, para proteger a sus amigos.
Hablaron de cómo su visión era infantil, sí, pero también absoluta. De cómo asociaba la libertad con la capacidad de defender a quienes amaba, de no depender de nadie, de vivir su propia aventura. Para Luffy, ser el Rey de los Piratas no significaba gobernar el mar, sino no tener cadenas, no deberle nada a nadie, ser el más libre entre todos.
Algunos señalaron que esa inocencia era precisamente su mayor fortaleza; otros, que era lo que lo empujaba a seguir adelante incluso cuando todo parecía imposible. Nadie lo contradijo del todo. Se complementaban. Construían la idea juntos.
José escuchaba en silencio, con una leve sonrisa. No intervenía. No hacía falta. Aquella conversación —tranquila, profunda, compartida— valía más que cualquier teoría definitiva.
—Oigan —dijo de pronto el práctico—. ¿Vas a volver a Colombia antes de que termine todo esto?
—No creo —respondió José.
Hubo un breve silencio.
—Entonces hagamos una promesa —dijo el entusiasta—. Si llegas al final, nos vemos todos. Presencialmente. Nos vamos de viaje. Quedan más de cuatro meses para eso. Un fin de semana. Hablamos de One Piece, de tu historia, de todo. Pero solo si llegas al final. Necesitamos verte y celebrar tu victoria.
—Sabemos que lo vas a lograr —añadió la romántica—. Vas a encontrar el One Piece real y nos vas a traer el capítulo secreto.
—Y nos ayudas con las teorías —intervino el fanático—. Ese capítulo va a ser clave. Tendrás ventaja. Un mes antes que todos.
La ilusión creció, contagiosa. Nadie dudó de él. Nadie insinuó que no pudiera lograrlo. Confiaban en José. En su terquedad. En su forma de avanzar incluso cuando todo parecía en contra.
—Me parece lo mejor que podría recibir de ustedes —dijo José, con la voz más baja—. Yo le entro. Prometido.
Todos estuvieron de acuerdo.
Entonces, sin esperarlo, la voz se le quebró. Los nervios de acero que siempre fingía tener casi cedieron.
—Gracias —dijo—. De verdad… gracias.
Hablaron de que para eso eran amigos. De que siempre estarían ahí. El escéptico comentó un proyecto que tenía entre manos y cómo la charla le había quitado los nervios. La romántica confesó que estaba conociendo a alguien y pidió consejos; entre risas, los demás le dieron advertencias, bromas y apoyo. La pensativa añadió recomendaciones prácticas que le habían servido en su propio matrimonio. Las risas siguieron.
—Para eso estamos, José —dijeron—. Para ser tus amigos.
Se despidieron entre bromas, sonrisas y deseos de buena suerte. La llamada terminó.
José se quedó solo, en silencio. Y se quebró.
Era la segunda vez que lloraba en menos de un mes, algo poco habitual en él. La primera había sido en una ducha en Ciudad de México, intentando resolver un problema laboral, pensando que había perdido tiempo, que todo su plan se desmoronaba. Esta vez era distinto.
Lloraba porque entendía algo simple y profundo: que, a pesar de la distancia, sus amigos siempre habían estado ahí.
Lloró solo, en una habitación, de noche, lejos de casa, en una isla donde no conocía a nadie. Lloró al darse cuenta de que el amor, el respeto y la amabilidad a veces vienen de personas que no ves, pero que nunca se van.
Se secó las lágrimas. Tomó el celular y, en el grupo de WhatsApp, con la voz aún temblorosa, escribió:
“Gracias por todo el apoyo.”
Sin excepción, todos respondieron con un corazón.
Eso era. Eso también era parte de la libertad que estaba buscando. Porque a veces las cadenas de la rutina no te dejan ver a la gente que tienes al lado: a quienes te sostienen, a quienes te recuerdan —incluso desde lejos— que todo va a estar bien.