Capítulo 18

Encontrando la luz

dos personas hablando en medio de un parque, al fondo se ve un hermoso y majestuoso faro
José despierta en una isla que lo obliga a bajar el ritmo y a escuchar lo que el viaje le quiere decir. Entre paisajes caribeños, recorridos históricos y una búsqueda que avanza en silencio, el capítulo explora la espera, la observación y los contrastes entre distintas formas de vivir la experiencia. Mientras el tiempo corre y nuevas presencias aparecen, José se enfrenta a preguntas sobre propósito, identidad y lo que realmente significa avanzar en este viaje.

José despertó temprano con el canto de los pájaros que buscaban comida en la mañana. Había llovido durante la madrugada y la isla se sentía fresca. Se alistó con paciencia, con calma, pues no tenía afán: aún quedaban unas tres horas para que finalizara el ya conocido cronómetro que daría comienzo a la búsqueda de la pista y su distribuidor.

Hacía algunos días el número había bajado de manera significativa y aquella mañana se encontraba en 15322. Algunas personas ya estaban en la fase cuatro del viaje —es decir, ya tenían el nuevo poema— y, aunque al principio le pareció extraño, terminó entendiendo que cada destino debía tener una espera designada. Lo interpretó como en el manga, donde el Log Pose, una especie de brújula viva, debía permanecer el tiempo necesario en cada isla para cargar su magnetismo; solo después de completar ese proceso señalaba la dirección del siguiente destino, obligando a los viajeros a respetar un ritmo impuesto por el propio mundo. Aquella idea le parecía maravillosa: controlar el ritmo del viaje y permitir que todos mantuvieran tiempos coherentes, en sintonía con la historia original. Por eso no valía la pena preguntarse si todos avanzaban al mismo ritmo, pues esas diferencias eran inherentes al viaje.

Desayunó fruta, café y huevos. Salió con la cámara y su celular; quería estar ligero, por lo cual optó por una vestimenta veraniega: camiseta y bermuda. Luego caminó hasta un centro de alquiler de vehículos, esperando encontrar ostentosas camionetas, autos de lujo, vehículos modestos o motocicletas ligeras; en su lugar, solo le ofrecieron un scooter, pues a los turistas no se les podía alquilar otro tipo de transporte.

José aceptó la pequeña motocicleta y condujo con mesura, disfrutando la brisa del Caribe. El azul del mar le recordaba que aquel paisaje habría sido imposible de contemplar en su anterior vida de oficinista. Agradeció a la vida, al sol y a One Piece por permitirle vivir ese momento. Su camino lo llevó hacia el norte, en busca de la fortaleza de St. Catherine, que geográficamente era el punto más septentrional de la isla y, sin duda, el más cercano al viejo mundo. Muchas personas hablaban de ese lugar debido a su importancia como museo.

Al llegar, comenzó a observar cada rincón donde pudiera instalarse una librería móvil. Entró al museo, cuya entrada costaba siete dólares, y pudo apreciar la arquitectura del lugar. Cada ladrillo y cada losa del piso, aunque restaurados, lo transportaban a una época de piratas, barcos, milicia y guerras por la defensa del territorio del rey británico.

Como al principio no había mucho movimiento, aprovechó para sumergirse en la historia del lugar, el cual había sido reconstruido varias veces a lo largo de cuatro siglos. Se habían levantado túneles, muros, bastiones y artillería para defender toda la isla, aunque jamás fue utilizada en una guerra real. El museo permitía explorar el desarrollo militar de Bermudas y comprender mejor la historia del territorio. Las exhibiciones eran hermosas y los dioramas, muy informativos. Resultaba fascinante observar las joyas y las armas que allí se conservaban.

Se adentró en los túneles y recorrió los subterráneos, las salas de almacenamiento de pólvora y las cámaras de tortura. De alguna manera, le costaba concebir que soldados hubieran vivido en aquel fuerte. Sin embargo, lo que más le impactó fue la vista: las panorámicas desde las murallas y las rampas eran espectaculares. Sus ojos se perdían en el infinito, en el Atlántico que se extendía rumbo a Europa. No alcanzaba a ver los arrecifes que mencionaba el guía, pero aun así el paisaje era sobrecogedor. El sol le daba de frente y el viento soplaba con fuerza, empujándolo, golpeándolo con esas cachetadas de realidad que contrastaban con el estilo de vida que había llevado antes.

Después de recorrer el museo durante alrededor de dos horas, sacó su teléfono y notó que el cronómetro de espera había llegado a cero. Incluso uno nuevo, de cuarenta y ocho horas, había comenzado, marcando la fase final de la búsqueda. Los demás números habían cambiado y todo había iniciado ya, sin que él se hubiera dado cuenta. Estaba tan absorto en la historia del lugar que había perdido noción del tiempo.

Ver la cuenta regresiva lo sacudió. Retomó su labor y comenzó a caminar en distintas direcciones, revisando recovecos, esquinas y espacios plausibles donde alguien pudiera simular la presencia de una librería móvil mediante algún aparato o mueble. Pensó que, si no era aquella fortaleza, entonces definitivamente debía ser el faro.

Terminó de recorrer el fuerte, aunque sus ojos seguían desviándose hacia distintos puntos del museo, como si esperara descubrir algo más. Finalmente, decidió marcharse. Compró una botella de agua en la tienda del museo, tomó nuevamente su motocicleta alquilada y partió rumbo al faro, al otro extremo de la isla.

Se dirigió hacia el sur, esta vez hacia el faro de Gibbs, que, según la historia, era uno de los faros más antiguos de hierro fundido y, al mismo tiempo, uno de los más imponentes de la actualidad. Disfrutó profundamente ese trayecto: primero, porque la brisa golpeaba su rostro; segundo, porque el sol era cubierto lentamente por nubes que prometían lluvia para la tarde.

Una de las partes que más le gustó del camino fue The Causeway, una carretera elevada sobre el mar que conecta dos islas y se extiende casi al nivel del agua. Mar a un lado, mar al otro; una vía estrecha, con un carril de ida y otro de vuelta, y motos que iban y venían sin prisa. José quedó completamente cautivado y entendió que aquel era uno de esos momentos especiales que no se repiten, así que sacó su celular y comenzó a grabar mientras la atravesaba.

Todavía no se acostumbraba a manejar por la izquierda, por lo que se esforzaba por mantenerse en su carril, aunque en ocasiones se desplazaba hacia el centro. Los demás conductores eran pacientes y pasaban despacio junto a él. No podía detenerse a tomar fotos, de modo que aquel video se convirtió en su forma de capturar el instante. Incluso se levantó ligeramente sobre el scooter para conseguir una toma perfecta. Al terminar de grabar, buscó un lugar para parquear y, sin saber muy bien por qué, le envió el video a su madre.

Avanzó tranquilamente por la carretera, observando las pequeñas casas, las múltiples iglesias y sus respectivos cementerios. Para José resultaba extraño ver tantos camposantos, pero le pareció coherente que, al tratarse de una isla, su gente tuviera que ser enterrada allí mismo. Cuando llegó a la colina, no pudo evitar sentirse diminuto frente a aquel gigante de hierro que aún seguía cumpliendo su labor de vigía sobre el mar. Aunque muchos no quisieran aceptarlo, los faros eran increíbles.

¿Cuál era su siguiente paso?

Al detenerse y estacionar la moto, un escalofrío recorrió su cuerpo y lo hizo dudar por un instante, como si pudiera estar equivocado. En realidad, no creía haber fallado; de hecho, era la primera vez que sentía algo así. Bebió agua, pasó saliva, se limpió el rostro con la camiseta, suspiró y emprendió la búsqueda de aquella librería móvil a la que había estado tan atento.

Caminó por un sendero y, cuando parecía dirigirse hacia la entrada del museo, desvió su camino hacia otro lado. La escena resultó curiosa: una mujer, sentada a unos cien metros de distancia, lo vio subir por el sendero mientras miraba su celular. En ese momento abrió un portafolio, un maletín, y aquello provocó que José sonriera, ayudándolo a calmar la tensión. Con el corazón en la mano, le resultó gracioso recordar que, a veces, olvidaba que los distribuidores también eran personas.

Se acercó a la mujer, que estaba sentada en un pequeño jardín junto al imponente faro. Para llegar hasta allí solo tuvo que caminar unos cuantos pasos, por lo que no se le dificultó el acceso. José la saludó cortésmente, en un inglés algo torpe, y ella se sobresaltó al notar que él la miraba directamente a ella, sin reparar de inmediato en el portafolio. Sonrió con educación y, cuando estaba a punto de cerrar la maleta, José le preguntó si podía ver el libro. Alcanzó a detenerla justo antes de que la cerrara, pues dentro se distinguía claramente el volumen 23 del manga de One Piece.

—Recuerdo con mucho cariño esta parte de One Piece —dijo—, porque fue la primera vez que lloré de verdad con esta historia. Me dolió profundamente la despedida entre los piratas y la princesa del país que acababan de salvar. Creo que, desde el principio, vi esta historia como un relato de salvación en mi propia vida. En ese momento deseé tener amigos tan valientes como los que esas páginas me mostraban, personas que me hicieran creer que aún existía gente así.

La mujer guardó silencio durante unos segundos. Bajó la mirada y respiró hondo, como si el comentario la hubiera tomado por sorpresa. Sus labios se curvaron en una sonrisa leve, algo triste, y asintió despacio. Las palabras de José la habían tocado más de lo que esperaba. Él, por su parte, notó el cambio en su expresión y, algo incómodo, se apresuró a disculparse por haberse puesto tan sentimental. Se encogió de hombros, restándole importancia, y añadió que quizá había hablado de más. Ella negó suavemente con la cabeza y le aseguró que estaba bien, que solo necesitaba un momento.

La mujer, cuya edad José no lograba calcular con precisión, se secó las dos lágrimas que habían salido de sus ojos, sonrió y lo miró.

—No creí que alguien llegara hasta aquí —dijo— y, si llegaba alguien, jamás pensé que sería de esta forma. Gracias por alegrarme el día. Este trabajo, la verdad, puede ser un poco desgastante.

José rio un poco, avergonzado de haber creado ese ambiente con su comentario, y le pidió que lo esperara. Entró a la tienda de regalos del faro en busca de una botella de agua y, dos minutos después, regresó para entregársela. Ella ya había recuperado la postura elegante que José había notado incluso cuando estaba mirando el celular.

Mientras le daba la botella, José le preguntó:

—¿Eres acaso una distribuidora del viaje de One Piece?

Ambos rieron, compartiendo una mirada de complicidad y una risa genuina.

Ella se presentó y le dijo:

—Bienvenido a Bermudas. Esta es una de las pistas del viaje que yo llamo “Muwi”, en el cual espero que estés participando.

Sonrió. José le devolvió la mirada con afecto y sacó rápidamente su teléfono para mostrarle la aplicación, donde se podía leer claramente el tercer poema.

Ella, con el cabello suelto, casi completamente canoso, ojos atentos, una sonrisa elegante y una postura impecable, le dijo:

—Felicidades. Aquí está tu código.

Señaló el portafolio. José señaló el libro; ella asintió con la cabeza. Él lo tomó y lo abrió en busca de la conocida tarjeta QR, similar a una tarjeta de crédito de lujo. Allí estaba. La sostuvo con manos temblorosas, pero aliviado. Un poco emocionado, un poco nervioso, preguntó si podía escanear la pista. Ella le hizo un gesto de aprobación.

José ingresó desde su celular a la sección correspondiente de la aplicación y escaneó el código. Al concluir la lectura, una explosión de confeti de colores saltó desde la pantalla, felicitándolo y anunciándole que era el primero de 71 personas disponibles en acceder a aquella pista.

Con el libro, la tarjeta QR y el celular aún en las manos, José suspiró profundamente y descansó, con la satisfacción del deber cumplido.

Le preguntó a la mujer si podía detallar un poco más la tarjeta, pues siempre le había causado curiosidad. Ella le dio permiso, nuevamente con un gesto, pero en realidad no había mucho más que observar: el logo de One Piece, la calavera de los “Muwi” y el código QR. Era una tarjeta de plástico brillante. José preguntó si podía tomarle una foto al reverso para publicarla en la bitácora de la aplicación, y ella accedió con la condición de que no fotografiara el QR. Decidió entonces intentar una composición con el fondo del mar, la tarjeta (mostrando solo el reverso con el logo) y el libro. La foto quedó bien después de unos cinco intentos.

Le devolvió el libro y la tarjeta a la mujer. Con mucha delicadeza, ella volvió a introducir la tarjeta dentro del libro y lo acomodó en el portafolio, preparándolo para el caso de que llegara un nuevo viajero y pudiera ver el volumen. José observó que el portafolio tenía en su interior un pequeño ganchillo que servía como base; la mujer le explicó que, de esa manera, al abrirlo, el libro quedaba de frente, como una exhibición.

José se sentó a su lado y le preguntó si podía quedarse allí sin hablar demasiado. No quería incomodarla, pero ella aceptó, pues le había parecido muy interesante la interacción que habían tenido y quería comprender un poco más de aquello. José intentó preguntarle acerca de los distribuidores. El señor Taka había sido muy amable con él; el señor James, muy formal. Ambos, sin embargo, se habían interesado en acercarse un poco más a los viajeros. José se negaba a referirse a ellos como jugadores; ese término no le gustaba. Le parecía curioso y esperaba tener un poco más de contexto.

José preguntó por los distribuidores de la pista, y ella se presentó formalmente como Helena Fairchild. Le explicó que, en realidad, los distribuidores no tenían ningún poder real más allá de bloquear a los viajeros cuando era necesario. Cada proveedor tenía una única misión: entregar el código. Mientras no se rompiera el misticismo del viaje, no estaba prohibido hablar con los participantes.

Lo que sí estaba estrictamente regulado era el vínculo emocional. Se les pedía no establecer amistades fraternas para evitar confusiones, para que los viajeros no creyeran tener privilegios o contactos dentro del sistema. La idea era que cada persona obtuviera exactamente lo que merecía, sin ayudas adicionales. Por esa razón, incluso estaba prohibido compartir información de contacto.

—Puedo decirte que soy británica, que soy psicóloga y que en algún momento fui editora de una revista muy importante en Japón —añadió—. Allí conocí al autor de toda esta locura, que claramente es mi amigo. Conocer a uno de los autores más importantes del mundo, dentro de un arte tan menospreciado como el manga, ha sido una de las experiencias más increíbles de mi vida.

Habló entonces de su admiración por la historia, por todo lo que contaba y representaba en el mundo actual. Dijo que entendía que había personas que iban más allá de las páginas y que ella quería ver esas historias cobrar vida. Creía que todos los distribuidores compartían esa misma esencia: el deseo de mirar más allá de los dibujos y comprender lo que el arte del manga podía transmitir a las personas.

En algún momento, José le pidió que hablara más despacio. Su idioma natal no era el inglés y le costaba seguirla, sobre todo por su marcado acento británico.

Luego fue él quien habló. Le contó que, cuando era niño, no tuvo muchos amigos y que, desafortunadamente, el amor no era una prioridad en su hogar. Lo importante era cumplir con las obligaciones. Siempre estuvo al margen dentro de su propia familia. Cuando descubrió el anime y el manga japonés, encontró un refugio. Y cuando One Piece llegó a su vida, entendió que aquello era lo más importante para él, no solo como historia, sino como camino.

Aunque muchos lo tacharan de loco o extraño, su único pensamiento era mostrarle al mundo que las personas encasilladas como raras, débiles o distantes podían ir mucho más allá de lo que otros creían. One Piece no solo representaba un modelo distinto de impacto cultural y comercial, sino un universo donde era posible soñar y convertirse en aquello que uno realmente anhelaba ser.

Admitió que, con el tiempo, había perdido su camino. Pero ese viaje lo estaba obligando a pensar más allá, a quitarse la máscara y enfrentar el miedo que había cargado durante años. Y aunque solo llevaban tres pistas, ya había encontrado respuestas a muchas preguntas que habían permanecido sin resolver en su vida.

Mientras conversaban —ella hablando despacio, él de forma entrecortada, a veces buscando palabras en el diccionario del celular para hacerse entender—, el tiempo pasó sin que lo notaran. José sintió hambre y la invitó a comer un postre junto al faro, donde había una terraza en la que podían tomar té.

Helena sonrió y le advirtió que no iba a ayudarlo en el juego. Ambos rieron. José respondió que solo quería seguir escuchando por qué una mujer tan exitosa decidía viajar por el mundo acompañando a un grupo de desadaptados en busca de un capítulo secreto de un manga japonés.

La brisa soplaba con suavidad cuando, a lo lejos, la música llegó antes que las voces. Un bajo insistente, innecesario, atravesó el aire marino y se coló entre las mesas de la terraza, rompiendo de golpe la calma que había envuelto el lugar. José giró justo a tiempo para ver cómo un automóvil negro, grande y brillante, avanzaba hacia el estacionamiento y se detenía cerca del sendero que conducía al faro. El contraste era abrupto: donde antes había quietud, ahora había prisa.

Desde la entrada principal apareció un grupo de cuatro personas. Caminaban con paso decidido, casi impaciente, como si aquel sitio no fuera más que una escala incómoda dentro de un itinerario mucho más importante.

El primero era un hombre rubio, alto, con una sonrisa segura que rozaba la suficiencia. Llevaba gafas de sol pese al cielo nublado y ropa de playa evidentemente costosa, impecable, como si hubiera sido elegida para ser vista más que usada. Avanzaba unos pasos por delante del resto, marcando el ritmo sin mirar atrás. Había en su manera de ocupar el espacio algo inconfundible, una confianza automática que no necesitaba confirmación: americano.

A su lado caminaba otro hombre, también rubio, notablemente más pálido, como si el sol no fuera un territorio habitual para él. Vestía ropa de playa que no le pertenecía del todo, como si alguien más la hubiera elegido por obligación. Su cabello no combinaba con el conjunto y las gafas negras, demasiado grandes, lo hacían parecer aún más fuera de lugar. Mantenía los hombros ligeramente encogidos y caminaba medio paso detrás del líder, atento, obediente, como alguien acostumbrado a seguir antes que a decidir.

Los acompañaban dos mujeres jóvenes, voluptuosas, ambas rubias. No observaban el faro ni el paisaje con curiosidad, sino con una mezcla de hastío y desconcierto, como si aquel entorno no tuviera nada que ofrecerles. Una llevaba el cabello cuidadosamente recogido; la otra lo dejaba suelto, agitado por el viento. Se parecían más a asistentes frecuentes a fiestas de fraternidad que a lectoras de manga, y el viaje entero parecía ajeno a ellas. Una de las dos caminaba más cerca del rubio, con una familiaridad que delataba una relación; la otra, apenas un paso atrás, compartía miradas breves, resignadas, como si ambas supieran que no querían estar allí.

—Vamos, no perdamos tiempo —dijo el rubio en voz alta, sin detenerse—. Esto es bastante sencillo. Siempre termino primero.

Al ver a la mujer del portafolio, el rubio fijó la mirada en el objeto antes que en ella. Se acercó con paso decidido, excesivamente confiado, como si el procedimiento fuera un formalismo prescindible. Helena Fairchild no se movió. Sostuvo el portafolio con ambas manos y los recibió con la misma serenidad cortés que había mostrado antes.

—Bienvenidos a Bermudas —dijo, con una sonrisa profesional—. ¿Participan en el viaje de Muwi?

El rubio ladeó la cabeza, midiendo la distancia, evaluando el terreno. Durante un instante pareció considerar la posibilidad de alargar la mano y tomar lo que buscaba. Helena, sin embargo, mantuvo la postura firme y la mirada tranquila, sin desafío, pero sin ceder un centímetro.

José notó que ni siquiera reparó en su presencia. El hombre rubio apenas le prestó atención al entorno. Se quitó las gafas lo justo para recorrer el lugar con una expresión de desinterés calculado, como quien confirma una expectativa baja.

—Ajá —respondió—. ¿Dónde está el código?

Helena no se apresuró.

—Antes de eso, ¿de dónde vienen? ¿Les costó mucho llegar a la pista de Bermudas?

El hombre de gafas dio un pequeño paso al frente, dispuesto a contestar, pero el rubio lo detuvo con un gesto leve, casi elegante, como quien corta una conversación innecesaria.

—No hace falta tanta charla —dijo—. Solo queremos escanear el QR y seguir. La playa nos espera. No vinimos por turismo cultural.

Las dos mujeres intercambiaron una mirada breve y luego bajaron los ojos. José lo entendió al instante: no era vergüenza. Era cansancio. Pena ajena.

—Por supuesto —respondió Helena, sin modificar el tono—. Cuando gusten.

Abrió el libro y extrajo la tarjeta con una calma deliberada. El joven de gafas gruesas se acercó con cierta timidez, sosteniendo dos teléfonos en la mano. Dudó apenas un segundo. El rubio, sin dignarse a mirarlo, le indicó con un gesto impaciente que escaneara ambos.

El muchacho obedeció, pasando primero uno y luego el otro sobre el código. Al terminar, murmuró un “gracias” casi inaudible. Las dos mujeres permanecieron unos pasos atrás, como si no formaran parte real del juego, simples acompañantes del viaje. Una de ellas asintió en silencio; la otra le dedicó a Helena una sonrisa mínima, una disculpa muda que decía más de lo que podía permitirse expresar.

El rubio chasqueó los dedos.

—¿Listo? Vámonos.

Antes de marcharse, pasó un brazo alrededor de una de las chicas, la atrajo hacia sí y la besó con un entusiasmo torpe, más exhibicionista que íntimo. Ella permaneció inmóvil. Él rio, satisfecho consigo mismo.

El joven de gafas y la otra mujer se miraron apenas un instante y, en ese cruce breve, hubo una comprensión silenciosa, una compasión compartida hacia la novia de aquel hombre. Dejaron que la pareja se adelantara unos pasos.

Con timidez, el muchacho se giró. Alzó la mano en un gesto breve de despedida, añadió un “perdón” apenas susurrado y luego echó a correr hacia el automóvil, donde la radio ya volvía a rugir a todo volumen.

El motor arrancó, la música se impuso de nuevo sobre el viento y, en cuestión de segundos, desaparecieron por el camino.

El silencio volvió a instalarse en el jardín, pero ya no era el mismo. Algo había quedado suspendido en el aire, como una pregunta sin responder. Helena cerró el portafolio con cuidado y lo apoyó a su lado. Su expresión seguía siendo serena, pero José notó un leve cansancio en su mirada, una sombra breve que no había estado allí antes.

—A veces —dijo Helena, sin mirar a nadie en particular—, este lugar puede resultar… contradictorio. He visto muchas personas, muchas personalidades y demasiadas contradicciones en este viaje. Actualmente lo estoy estudiando. Quiero observar el comportamiento, entender qué provoca una experiencia como esta en quienes deciden atravesarla. Fue una de las razones por las que acepté ser distribuidora.

Hizo una pausa. Su voz seguía siendo firme, pero había en ella un desgaste difícil de ocultar.

—Y, aun así —añadió—, he encontrado cosas que me dan miedo.

José asintió. No necesitó preguntar a qué se refería. Dudó un segundo, como si quisiera asegurarse de no cruzar ningún límite.

—Ahora sí… ¿me aceptas la invitación? —dijo, intentando aligerar el ambiente—. Hay un salón de té aquí al lado. Nunca he tomado té, la verdad. En Colombia tomamos café. No sabría ni qué pastel escoger… imagina que la próxima pista sea en Gran Bretaña y elija algo raro. No quisiera que me miraran mal por eso.

Helena lo miró durante unos segundos. Luego su expresión se suavizó y sonrió, esta vez sin la rigidez profesional.

—Sí —respondió—. Creo que me vendrá bien. Y prometo ayudarte con el té.

Caminaron hasta el salón y se sentaron cerca de unos ventanales amplios, desde donde podían ver, a lo lejos, el portafolio abierto con la pista, por si algún viajero más aparecía. El té humeaba entre ellos y los pastelillos se convirtieron en un gesto simple, casi íntimo, en medio de un viaje extraordinario. José fue el primero en romper el silencio.

—Creo que este viaje no se trata de ganar —dijo—. Al menos no para mí. Es… una forma de entender quién soy cuando nadie me está diciendo qué debería ser.

Helena sostuvo la taza entre las manos, pensativa.

—Eso mismo fue lo que me llamó la atención desde el inicio —confesó—. Como psicóloga, he pasado años estudiando narrativas que moldean identidad. One Piece no solo cuenta una historia: propone valores, vínculos, formas de resistir. El crecimiento de lectores, la expansión de la obra, las comunidades que se forman… todo eso tiene un impacto profundo. A veces hermoso. A veces peligroso. Quise entender por qué.

Le habló entonces de su trabajo como editora en Japón, de la revista, del rigor académico, de su amistad con el creador. Pero también admitió algo más íntimo: que, pese a todo su análisis, seguía amando la historia como lectora, como alguien que aún se emocionaba.

—Este viaje —añadió— es importante para mí porque aquí no hay garantías. No hay premios claros. Solo personas dispuestas a buscar algo sin saber exactamente qué encontrarán. Eso dice mucho de alguien.

El tiempo avanzó sin que lo notaran. La luz comenzó a cambiar y el día empezó a rendirse lentamente. Cuando el cielo se tiñó de tonos más suaves, ambos se levantaron y regresaron al faro. Subieron juntos, paso a paso, mientras la tarde se apagaba.

Desde allí, el mundo parecía distinto: el mar se extendía infinito, el viento golpeaba con fuerza y la luz giratoria barría el horizonte con paciencia.

—¿Sabes? —dijo Helena, apoyándose en la baranda—. La despedida entre los piratas y la princesa… también me marcó. No por la tristeza, sino por la decisión. Amar algo profundamente y, aun así, dejarlo ir. Creo que ahí empezó todo para mí.

José sonrió. No hizo falta decir nada más. En ese instante comprendió que no estaba solo, que otros también habían encontrado refugio, preguntas y luz en esas mismas páginas.

El faro continuó girando.

Y por primera vez en mucho tiempo, José sintió que él también comenzaba a hacerlo.