Capítulo 20

Saturación de frentes

Hombre cansado durmiendo entre papeles, documentos
José se mueve entre jornadas largas, conversaciones decisivas y una agenda que no da tregua. Cada día suma responsabilidades, ideas y gestiones que avanzan en paralelo, exigiéndole atención constante y energía. La ciudad, el trabajo y las decisiones se superponen, generando una sensación de empuje permanente. Todo parece avanzar, pero sin pausa, mientras José intenta sostener el control y encontrar equilibrio en medio de un ritmo que no afloja.

Después de dormir como un oso en Miami, José despertó con la cabeza un poco más liviana. Aún había cansancio, pero ya no era ese ruido constante que no lo dejaba pensar. Se arregló rápido, tomó el portátil y salió rumbo a un café. Las minivacaciones en Bermudas habían quedado atrás y la agenda volvía a apretar.

Tenía cosas que resolver. Esa tarde lo esperaban dos reuniones importantes. La primera sería con Manuel, quien le daría más detalles sobre su idea de negocio. Aunque José ya conocía el concepto general, necesitaba más contexto, entender mejor el fondo para poder ayudarlo a llevarlo a un nivel más alto. La segunda cita era con un asesor que lo acompañaría en la organización formal de la empresa que José estaba creando en Estados Unidos. Todo avanzaba, pero nada se hacía solo.

Trabajó un par de horas en un Starbucks, uno de los pocos lugares donde podía quedarse sin sentir que el dinero se le escapaba por los dedos. Estados Unidos era caro y, por ahora, no tenía sentido gastar más de lo necesario. Tras la tercera taza de café, regresó al hotel para seguir trabajando allí. Luego se duchó, se cambió y salió hacia un restaurante en el centro para encontrarse con Manuel.

Cuando se vieron, se abrazaron con sinceridad. Habían conectado rápido, quizá demasiado para lo distinto que eran. A José todavía le resultaba curioso haber hecho tan buenas migas con alguien tan ajeno a su entorno.

Manuel empezó a contarle que venía arrastrando un cansancio que no tenía tanto que ver con el oficio en sí, sino con la forma en que lo había vivido. Vender seguros no le molestaba; de hecho, era bueno haciéndolo. El problema era todo lo que venía alrededor: empresas grandes, procesos interminables, jerarquías que diluían el esfuerzo y decisiones tomadas lejos de quienes realmente vendían. Sentía que podía dar mucho más, pero el sistema no se lo permitía.

Con un vaso de cerveza en la mano, intentó resumirlo de la manera más simple posible:

—A mí no me molesta vender seguros. Lo que me mata es ver cómo todo se vuelve pesado, lento, inútil. Trabajas, produces, haces bien las cosas… y, aun así, todo se diluye.

José, quizá sin medir el momento, le preguntó por qué, si le gustaba comprar y vender cosas, no se dedicaba a eso en lugar de seguir peleando contra el imperio de los seguros. Manuel se detuvo, dejó el vaso sobre la mesa y pensó unos segundos antes de responder.

—A mí me puede gustar la comedia, puedo tener ganas y hasta cierto talento, pero si no logro que la gente vaya y pague una entrada, no vivo de eso. No alcanza con hacer lo que a uno le gusta. Hay que entender dónde está el dinero y cómo funciona el entorno.

Le explicó que en Estados Unidos mucha gente evitaba ciertos trabajos, y vender seguros era uno de ellos. Justamente por eso había oportunidad.

—Soy muy bueno vendiendo y cobrando seguros. Ahí está el dinero —dijo—. Por eso me quedo acá. No porque sea lo ideal, sino porque es lo que me da capital hoy. El problema no es el producto, sino cómo se gestiona todo alrededor. Y cuando entiendes eso, empiezas a ver qué cosas se pueden hacer mejor.

Los seguros ocupaban su cabeza día y noche, no por pasión, sino por estrategia. Veía en ese negocio un potencial que nadie había sabido ordenar. Tenía ideas, muchas, pero para llevarlas a cabo necesitaba herramientas: software, sistemas, información que le permitieran organizar el caos, respaldar decisiones con datos y devolverle sentido a su trabajo. Por eso lo había buscado.

Más adelante, le confesó que su plan era hacer dinero con los seguros y, con el tiempo, mejorar su estilo de vida creando una empresa en otro rubro. José le preguntó cuál. Manuel sonrió y le recordó que tenía su propio avión. Esa misma semana lo había alquilado y había sido rentable, aunque los costos de mantenimiento no eran sostenibles a largo plazo. Por eso decidió venderlo. Aun así, la experiencia le había gustado. Ese tipo de negocios, ese tipo de relaciones, lo atraían.

José lo escuchaba fascinado y, al mismo tiempo, un poco abrumado. Manuel no hablaba desde el entusiasmo pasajero ni desde la teoría, sino desde una secuencia larga de decisiones asumidas. Usaba un trabajo que sabía que podía ser monótono, incluso ingrato, pero que no lo atrapaba. Le daba libertad, lo mantenía dentro de la industria y le abría puertas.

Eso era lo que más le resonaba.

Durante años, José había sentido que dentro de una empresa no era más que una pieza reemplazable, un engranaje más en un sistema que podía expulsarlo sin explicaciones. No quería volver a ocupar ese lugar. No quería depender de estructuras que no entendía ni controlaba. Por eso estaba viajando. Por eso estaba ahí.

Manuel, en cambio, no parecía luchar contra el sistema ni someterse a él. Lo entendía. Lo recorría. Y, mientras tanto, construía algo propio. Esa forma de moverse —sin romantizar la libertad, pero sin resignarla— le resultaba profundamente poderosa.

José recién estaba empezando a armar sus propios frentes, tanteando el terreno, tomando decisiones más por intuición que por estructura. Escuchar a alguien que había ordenado el caos antes de intentar salirse de él le confirmaba algo que venía sintiendo desde hacía tiempo: ese era el tipo de personas de las que quería rodearse.

Manuel no solo buscaba algo parecido a lo que José quería; ya tenía un camino trazado. No perfecto, no cerrado, pero coherente. Y eso era justo lo que José sabía que algún día iba a necesitar.

Por un momento, agradeció aquella mañana en Flores, Guatemala. El calor temprano, el apuro por llegar al pueblo y esa pregunta casi automática a los chicos que esperaban el taxi, preguntando si podía compartir el transporte. Si no lo hubiera hecho, nada de esto estaría pasando. Nunca agradeció tanto un gesto tan simple.

Por la tarde salieron juntos a ver a un asesor comercial, un cubano amigo de Manuel. Era directo, de esos que hablan sin rodeos. Aunque su especialidad no era el tema migratorio, les explicó a grandes rasgos cómo podía orientarlos con el visado y qué cosas convenía tener en marcha. Aclaró desde el inicio que no era su fuerte, pero que podía acompañarlos en el proceso general. Buena parte de esa información José ya la había revisado por su cuenta, pero aun así escuchó con atención.

Desde temprano, el asesor les sugirió que, una vez avanzaran, consideraran cambiar el domicilio de la empresa y mencionó Wyoming por sus ventajas impositivas. No entró en demasiados detalles técnicos. La creación de la LLC era, al final, un formalismo: papeles, tiempos y firmas que se resolverían con calma. Lo importante era no apurarse ni hacer movimientos innecesarios.

En un momento, el asesor frunció el ceño. Le llamó la atención que alguien tan tecnológico como José hubiera decidido hacer todo de forma presencial. Se lo dijo sin filtro. Explicó que podían haber avanzado mucho sin viajar, incluso sin visa, que existían mecanismos para gestionar la documentación desde Colombia. Era lo habitual. Lo lógico.

José lo escuchó con calma y respondió sin ponerse a la defensiva. A él le gustaba tener todo claro, bajo control. Además, ya iba a estar algunos días en Estados Unidos y quería aprovechar para hablar con personas, entender el proceso desde dentro, empaparse del tema. Prefería eso a delegar todo en intermediarios virtuales que, muchas veces, cobraban más que una conversación cara a cara, con un café de por medio.

José aprovechó para hacer una pregunta clave: si, mientras todo se terminaba de estructurar, podían empezar a generar negocios. Habló de vender productos digitales, como páginas web, y de la posibilidad de trabajar con personas desde fuera del país, incluso contratar empleados remotos. El asesor le dijo que sí, que no había inconveniente, siempre y cuando respetara ciertos tiempos y condiciones mientras la empresa terminaba de formalizarse. No entró en detalles; solo le dejó claro que debía informarse bien sobre esos plazos.

Manuel estuvo presente durante toda la reunión, más como apoyo que como protagonista. Él ya tenía otras ideas en la cabeza, otros proyectos que pensaba encarar más adelante. Aun así, acompañó a José en cada paso, escuchando, asentando, estando.

Al terminar la reunión, fueron a un pequeño bar. Manuel invitó. Allí se encontraron con Martina y compartieron algunas copas. Fue un cierre liviano para un día que había venido cargado desde temprano.

Más tarde, José regresó a su hotel. Ya en la habitación, volvió a sentarse frente al portátil. Empezó a ordenar ideas, a pensar en equipos, en ayuda. Redactó algunos documentos y comenzó a buscar personas, sobre todo en Colombia, que pudieran sumarse a lo que estaba armando. Todo avanzaba al mismo tiempo, o al menos eso sentía.

De pronto le llegó un correo. Era de su nueva psicóloga. Le preguntaba si podían verse al día siguiente. José revisó mentalmente su agenda: solo tenía una cita con un contador. Respondió que sí, que no habría problema.

Después de eso, siguió trabajando sin pausa, con la ciudad apagándose lentamente detrás de la ventana. Cuando miró el reloj, ya se acercaban las dos de la madrugada. Sabía que el día siguiente podía ser liviano… o no. Dependía, en parte, de lo que la psicóloga le dijera que tenía que hacer.

Se despertó antes de que sonara cualquier alarma. El cuerpo le pidió agua y silencio. Se duchó sin prisa, como si el agua le ayudara a ordenar la cabeza, y salió a caminar un rato por la ciudad. No tenía un destino claro; solo necesitaba moverse, mirar, sentir que estaba ahí. Miami, a esa hora, era distinta: menos ruidosa, más honesta. Caminó un buen tramo antes de volver al hotel y cambiarse para su primera cita del día.

La oficina del contador quedaba a unas pocas cuadras. Era colombiano, cercano, de esos que inspiran confianza desde el primer apretón de manos. Revisaron papeles, números, escenarios. El mensaje fue claro: no había problema con que José empezara a generar ingresos desde otros frentes mientras el negocio principal terminaba de estructurarse. Solo debía esperar algunos documentos y, a partir de ahí, él podría representarlo sin inconvenientes. Todo estaba en orden. O lo estaría pronto.

Eso sí, la asesoría no fue barata. El contador le dijo, con total naturalidad, que más adelante sería incluso un poco más costosa. José lo asumió sin discutir. En ese momento, pagar por claridad parecía una inversión necesaria.

Salió de ahí y almorzó solo. No tenía demasiada hambre, pero sabía que tenía que comer. Después volvió a trabajar. Se conectó a la plataforma que estaba armando para empezar a vender páginas web en Estados Unidos; pensó en dominios, en estructura, en cómo presentarse. Era otro frente más, pero también una manera concreta de empezar a moverse dentro del país, de generar algo propio mientras todo lo demás se acomodaba.

Más tarde revisó hojas de vida. Algunas le llamaron la atención, otras no tanto. Leyó con calma, filtró, descartó. El equipo todavía era una idea, pero ya empezaba a tomar forma.

Por la tarde tuvo por fin su primera sesión con Elizabeth.

En la pantalla apareció una mujer pereirana, de mediana edad, con unas gafas gruesas que le daban un aire sereno. No sonreía de más, no hablaba de más. Solo estaba ahí. A José le bastó verla para sentir que no tenía que demostrar nada.

La reunión comenzó sin apuro. Elizabeth marcó desde el inicio un ritmo distinto, más lento, pero firme. Le preguntó por qué había buscado terapia y qué sentía que necesitaba ordenar. José respondió sin rodeos. Habló de su madre, de su exesposa, del viaje, de esa necesidad de moverse que lo venía empujando desde hacía tiempo.

Elizabeth lo dejó hablar. No interrumpió. Cuando el silencio apareció, no lo cortó de inmediato. Lo dejó estar.

Luego lo llevó a otro lugar. No a los hechos, sino a las sensaciones. Le propuso pensar en cosas simples: qué le daba tranquilidad, qué lo incomodaba, qué situaciones le pesaban más de lo que estaba dispuesto a admitir. No para llegar a conclusiones, sino para observarse. Para notar cómo reaccionaba, cómo se movía frente a lo que sentía.

El tema de su exesposa se abrió con más fuerza. Había dolor ahí. Hablaron de algunos detalles y quedó claro que la herida seguía sensible. Elizabeth dijo pocas cosas, pero algunas de ellas lo descolocaron lo suficiente como para mirarse desde otro ángulo. No lo empujó, no lo forzó. Solo dejó preguntas abiertas.

Con su madre el tono fue distinto. No había ausencia de dolor, pero sí algo más cercano al cierre. Nada resuelto del todo, nada completamente sanado, pero diferente. Hubo lágrimas. Elizabeth las notó y no insistió. Le dijo que no hacía falta ir más profundo en esa primera sesión, que lo importante, por ahora, era saber qué quería trabajar y desde dónde.

El viaje también apareció en la conversación. A partir de cómo José se había descrito, Elizabeth hizo una pausa y le dijo algo que no esperaba:

—No suena a alguien que no esté haciendo nada —le dijo—. Suena a alguien que está ordenando su vida mientras se mueve.

José se quedó en silencio. La frase se le quedó pegada más de lo que habría imaginado.

Elizabeth fue clara: estaba abrumado, sí, pero también estaba actuando. Tomando decisiones. Haciéndose cargo. Y eso no era menor. Le dijo que lo estaba haciendo bien.

Antes de despedirse, le propuso algunos ejercicios sencillos: observar sin juzgarse; prestar atención a los pensamientos que aparecían cuando estaba solo, cuando estaba acompañado; notar qué recuerdos volvían sin aviso. Nada más. Y, casi como un gesto personal más que profesional, le dijo que le gustaría escuchar más del viaje en la próxima sesión.

La llamada duró un poco más de una hora y media.

Cuando la cerró, José sintió cansancio, pero era distinto al de la mañana. No era peso. Era desgaste después de soltar algo. Se quedó unos minutos en silencio, mirando la pantalla apagada. Pensó que había sido una buena decisión haber empezado terapia.

Antes de las diez de la noche ya estaba en la cama. Tomó el celular y leyó la pista del siguiente destino. Todavía tenía cincuenta y dos horas para llegar antes de que comenzara la nueva aventura.

En la bitácora de la aplicación de Muwi vio una foto de Alexis, acompañada de una chica oriental. Ambas seguían en el viaje. Se alegró por ellas. Aunque la pregunta sobre, ¿Quién era ella? apareció apenas un segundo, sin fuerza.

Apagó el teléfono.

Esta vez, también apagó su mente.