Capítulo 21

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Hombre en el aeropuerto esperando el momento de abordar
José despierta con la sensación de haber cruzado un umbral invisible. Un sueño extraño deja ecos que se filtran en una realidad marcada por el cansancio, las responsabilidades y el movimiento constante. Entre aeropuertos, decisiones importantes y encuentros inesperados, José avanza sin detenerse a mirar cuánto pesa lo que carga. Algo empieza a acomodarse en silencio: no todas las cadenas son visibles, y soltarlas puede ser la clave para seguir creciendo sin romperse.

José había entrado a una juguetería silenciosa y enorme. Los estantes se elevaban hasta el techo y los pasillos parecían no tener fin. Todos los juguetes estaban atados con cadenas o encerrados en sus cajas, rígidos e inalcanzables; ninguno se movía. Intentó tomar algunos, pero todos estaban sellados, imposibles de abrir.

Desde los altavoces resonaba una risa —loca— constante, acompañada de una voz grave que decía:

—Quien sea capaz de vivir sin cadenas podrá obtener el tesoro más grande del mundo.

Sin saber qué hacer, José encontró un papel en uno de sus bolsillos, como un mapa del tesoro. Lo siguió entre los pasillos hasta llegar a una mesa central donde había un rompecabezas de legos. Alrededor, las estanterías repletas de juguetes lo observaban en silencio. En la pared frente a él, un dibujo mostraba una isla llena de juguetes, que supuso era la figura final que debía armar.

A cada lado del dibujo había dos figuras inquietantes: una marioneta de madera, de gestos duros y mirada fija, y un robot insectoide de múltiples pinzas que se movía rápido, inquieto y travieso.

José se acercó a las piezas y comenzó a armarlas. Al principio avanzó con torpeza, pero poco a poco fue encontrando el ritmo. Empezó a escuchar pequeños sonidos de apoyo, aunque no supo de dónde venían. Con el tiempo, algunos juguetes comenzaron a liberarse de sus cajas y cadenas, acercándose con curiosidad a la mesa.

Cuando llevaba cerca de la mitad del rompecabezas, la marioneta se acercó y le ofreció ayuda. José aceptó, y juntos avanzaron más rápido. El robot insectoide también se aproximó, curioso y celoso, pero José lo rechazó con calma. El robot intentó desordenar algunas piezas, pero enseguida aparecieron soldados, ninjas, muñecas, carritos y un Slinky de colores. Entre todos ajustaron y ordenaron las piezas hasta que todo volvió a encajar. La marioneta, ahora tranquila, ayudó a mantener al robot insectoide bajo control mientras José continuaba.

Cada vez se sumaban más juguetes al armado: trenes, pelotas, motocicletas y muñecos de acción. Los pasillos que antes estaban en penumbra se iluminaron y las cadenas comenzaron a romperse. José ya no estaba solo. Cada pieza colocada liberaba a nuevos compañeros que colaboraban con él.

Al terminar, la risa —loca— volvió a escucharse por los altavoces, pero esta vez sonó suave, casi alegre:

—Quien viva sin cadenas ha encontrado su tesoro.

José observó la figura final. No era la isla que había imaginado, sino una casa de juguete que se abría, mostrando a todos los juguetes viviendo juntos, jugando y celebrando. Sobre la caja donde antes estaba el robot insectoide, un robot gigante y fuerte vigilaba en silencio, asegurándose de que todo estuviera en orden.

José sonrió. La casa estaba llena de vida y movimiento. Una luz cálida inundaba la juguetería; los pasillos parecían más amplios y los juguetes que antes habían sido inalcanzables ahora formaban parte del mundo que él había construido.

José despertó en la cama del hotel en Miami. Al abrir los ojos, supo que había soñado algo, aunque no recordaba exactamente qué. Aun así, se sentía tranquilo, extrañamente en paz, como si hubiera entendido algo importante sin necesidad de recordarlo. Su cuerpo, en cambio, decía otra cosa: estaba empapado en sudor, con la garganta seca y una jaqueca persistente.

Miró la hora. Eran las 3:50. Su vuelo salía en cuatro horas y la alarma sonaría en diez minutos. Se quedó mirando el techo, agotado. Había pasado los últimos días entre documentación, entrevistas, planificación del siguiente destino y el desarrollo de un requerimiento pendiente que había estimado mal. No por falta de talento, sino por querer hacerlo en menos tiempo del real. Lo que le pesaba no era el cliente, sino no haberse cumplido a sí mismo. El desgaste físico había sido brutal. Ya casi terminaba, pero aun así tendría que seguir trabajando intensamente hasta el final de la semana.

Al menos había logrado contratar a dos personas más para las ideas que tenía y los próximos trabajos. Eso le daba algo de alivio. Aun así, en Colombia tendría que buscar a alguien que lo ayudara con recursos humanos y finanzas, y ya estaba pensando cómo manejar todo de forma virtual. La nueva idea de su empresa internacional venía acompañada de demasiados compromisos. Los prospectos empezaban a aparecer, y eso lo sostenía… aunque su cuerpo ya estuviera pidiendo descanso.

Se bañó, se alistó y salió temprano del hotel. Como un hechizo, al entrar al aeropuerto volvió a sentir una calma extraña. Fue al counter de la aerolínea francesa con la que viajaría, documentó y dejó su maleta. La noche anterior había batallado para deshacerse de cosas viejas, basura y ropa sin importancia debido al exceso de peso. No podía darse el lujo de gastar más dinero del que ya estaba usando.

Pensó, sin ironía, en cómo había pasado de estar desempleado, sin dinero y con un solo cliente, a convertirse en un pequeño empresario. No tenía mucho, pero sí lo suficiente para pagar el viaje y cumplir con sus nuevos compromisos. Incluso tenía empleados, lo cual lo aterraba, pero también lo hacía sentir orgulloso. En un par de semanas viajaría de vuelta a Colombia para hacer más papeleo y resolver asuntos de contratación. Necesitaba eso para poder continuar con el viaje.

Ya en la sala de espera, volvió a abrir la aplicación de Muwi, más por reflejo que por una acción premeditada. Últimamente había estado tan enfocado en lo profesional y lo económico que casi había dejado de lado el motivo original del viaje: la búsqueda del capítulo secreto de One Piece. Por alguna razón, eso le recordó las palabras de Sara. No la había visto desde hacía varias semanas. No habían hablado después de que él salió hacia Bermudas, pero su voz seguía ahí, molesta, taladrando con una verdad que dolía. No por lo que decía, sino porque él sabía que era cierta: ese mal vivir lo estaba poniendo en una situación difícil y no le permitía disfrutar del viaje.

«Prefieres trabajar, prefieres hacer cosas que no te aportan, y eso… en un viaje tuyo… es lo que te va a llevar a la ruina».

No pensó más en eso. No era un tema que quisiera abrir.

Miró las estadísticas de la aplicación sin entenderlas. Incluso el contador regresivo, que marcaba 43 horas, le resultaba indiferente. La cabeza le dolía y no sabía si ese reloj era algo bueno o malo. Trató de cambiar de aire revisando las publicaciones de la bitácora y volvió a ver otra foto de Alexis con la misma chica que no conocía.

Estaban en Inglaterra: banderas, letreros en inglés, taxis londinenses. Sin pensarlo demasiado, le escribió por Telegram. Buscó el grupo en el que ella lo había incluido —uno que leía poco y en el que rara vez interactuaba—, luego su contacto personal y, en un inglés muy formal, le preguntó cómo estaba, en qué parte del mundo se encontraba y si aún seguía en el viaje, aunque en el fondo sabía que sí.

Ella respondió casi de inmediato. Le contó que estaba a punto de despegar rumbo a París. Se alegraba de saber de él; no sabía si seguía viajando, aunque para ambos era evidente que sí. José le respondió que también iba camino a París, que salía de Miami y que en unas diez horas estaría allí.

Alexis le propuso verse, y a José le pareció una gran idea. Ella dijo que cuando llegara le escribiría, que al menos podrían estar juntos y hablar un rato. Luego le envió un audio agradeciéndole que le hubiera escrito y diciéndole que se alegraba mucho de haberlo reencontrado en el viaje. Había seguido su avance a través de sus publicaciones —José se arrepintió de haber puesto su peor foto en cada una— y desde hacía tiempo quería hablar con él. Tenía miedo de que ya no estuviera viajando.

José no entendía del todo por qué ella lo valoraba así, si apenas habían compartido tiempo, pero le dio paz sentirse visto como un par, como un nakama, un compañero que estaba viviendo lo mismo. Antes de despedirse, Alexis le dijo que quería presentarle a una amiga y, casi de inmediato, le envió una foto con ella: la misma chica de rasgos orientales que José había visto en las últimas publicaciones de la bitácora de Muwi. José respondió con una carita feliz y un “Nos vemos en 10 horas”.

Guardó el celular sintiéndose bien. Quiso proyectarlo. Con los pocos minutos que le quedaban antes de abordar, fue al baño, se peinó, se lavó bien la cara y trató de verse lo más lúcido posible para tomarse una foto con los aviones de fondo. Un joven le ayudó a sacarla, ajustó la luz y el contraste, y José la subió a la bitácora de la aplicación.

Durante el vuelo trabajó lo más que pudo: cuatro horas concentrado, cuatro horas de sueño. Intentó ajustarse al horario para evitar el desfase horario y compró un paquete de datos para su estancia en Europa.

Revisó la lista de pendientes en su libreta. El más urgente decía: “Comprar ropa para el frío infernal”, porque eso era lo que le esperaba antes de conseguir la siguiente pista.

Finalmente, volvió a leer el poema. No para juzgarlo ni intentar resolverlo de nuevo, sino para ponerse otra vez en el viaje:

«Huye de la corona de un reinado tirano y navega con las piedras del sol entre la bruma, buscando la tierra donde el fuego besa el hielo del aire, llamada libertad. Reposa el viaje allí donde el mundo se parte en dos, donde la ley se dictó por primera vez bajo las grietas abiertas de la tierra.

Entre la tierra y el agua del infierno surgió la casualidad: allí donde los elfos intervinieron la mano del hombre para crear un refugio de vapor y sílice, mientras los trece troles se burlan de los incautos.

Odín aguarda al final del camino, frente al monumento de lava basáltica que se convirtió en catedral; un gigante de piedra con alma de metal que hace retumbar los corazones».

Suspiró y se dijo a sí mismo, en voz baja, que París sería la primera parada.

Estaba feliz por el encuentro con Alexis, aunque no sabía muy bien por qué. Solo esperaba que fuera provechoso y que, como aquel gigante de piedra, algo dentro de él volviera a retumbar.

Cuando el avión tocó tierra y encendió el teléfono, había más de doscientas personas que le habían dado “me gusta” a su foto. Muchos viajeros habían reaccionado. Muchas palabras de aliento.

José sonrió. Sintió bonito.