Capítulo 22

Diez Euros

Polaroid con dos chicas posando junto al río Sena frente a la Torre Eiffel al atardecer, acompañada por un pasaje de avión a Islandia y varios billetes de euro, destacando uno de diez euros, en una composición que evoca viaje y recuerdos.
José llega a París convencido de que aún controla cada paso de su viaje, pero pequeños errores, encuentros inesperados y conversaciones profundas comienzan a cuestionar su ritmo y sus certezas. Entre cafés, caminatas y nuevas amistades, descubre miradas distintas sobre la libertad, el tiempo y la forma de vivir el camino. Mientras intenta mantener el equilibrio entre sus planes y el presente, una simple decisión —que cuesta apenas diez euros— revela que quizá viajar también significa aprender a soltar.

El avión despegó a las ocho de la mañana en punto.

Hablar con Alexis lo había dejado con una energía contenida que lo acompañó durante las primeras horas del trayecto, mientras trabajaba concentrado en su asiento: revisando requerimientos para los próximos días, respondiendo correos pendientes y programando tareas para el equipo que empezaría a apoyarlo desde Colombia. Se sintió eficiente, productivo, dueño del ritmo, con la sensación de que todo estaba bajo control. Y esa sensación —más que la libertad, más que el viaje— era lo que realmente lo tranquilizaba.

Cuando cerró el portátil y miró por la ventana, solo vio una extensión blanca e inmóvil de nubes que parecían sábanas extendidas hasta el horizonte. Pensó que debía dormir si quería llegar lúcido a París; cerró los ojos con esa intención práctica y cayó en un sueño profundo del que despertó únicamente con el anuncio del capitán informando que era momento del descenso. Sobresaltado, con la boca seca, el cuello rígido y el corazón acelerado, como si algo importante hubiera ocurrido mientras él no estaba.

Durante varios segundos no supo si era de día o de noche. Miró el reloj, miró por la ventana, intentó ordenar ideas, pero solo quedó una sensación vaga e incómoda: algo se le estaba escapando.

Mientras el avión rodaba por la pista buscando espacio en el hangar para finalizar el recorrido, José encendió el teléfono y vio los «likes» de la publicación que había hecho antes de despegar. Esa pequeña validación le arrancó una sonrisa automática mientras los pasajeros comenzaban a levantarse. Fue entonces cuando miró el mapa del recorrido en la pantalla frente a él y entendió el error —o descuido— con una claridad brutal.

—Jueputa…

La palabra se le escapó más alta de lo socialmente permitido y varias cabezas se giraron para juzgarlo, pero eso no le importó en ese momento: tenía problemas más graves. No había cambiado el vuelo a Islandia. Abrió de inmediato la página de la aerolínea; eran las diez de la noche y tenía menos de nueve horas antes del vuelo originalmente programado. Si quería ver a Alexis en la mañana y no correr otra vez como en México, tenía que modificarlo.

Abrió el chat que tenía con ella, donde había una notificación. Leyó su mensaje:

—Nos vemos mañana a las ocho en este café. Estamos alojadas a unas cuantas calles. Te estaré esperando.

Adjunto había una ubicación del sitio. Leyó el nombre y con eso fue suficiente.

No era solo un café; era un punto de anclaje en medio de un viaje que cada vez se parecía más a una agenda corporativa que a una travesía. Mientras hacía fila en migración, con la red saturada y el internet fallando, intentó entrar a la reserva varias veces hasta que por fin lo logró. Al intentar cambiar el horario no había disponibilidad, y las opciones que aparecían eran peores: más tarde, con escalas innecesarias, más incómodas. La frustración le punzó el pecho, no por el dinero sino por la pérdida de margen, por esa sensación de que su control dependía de detalles mínimos que no podía permitirse olvidar. Por un segundo incluso pensó que habría sido más simple no aceptar el encuentro con Alexis y seguir de largo, mantener la eficiencia intacta.

Después de la eterna fila fue al counter de la aerolínea. Explicó la situación con calma, tratando de ser lo más directo posible a pesar de su acento. La agente lo escuchó con paciencia profesional.

—Olvidé cambiar mi vuelo. Necesito pasarlo para mañana por la tarde. ¿Hay algo disponible?

La mujer tecleó durante varios segundos, revisó opciones y levantó la vista.

—Encontré algo… Hay un asiento disponible para mañana a las 6:00 p. m.

—Está bien. Lo tomo —José asintió sin dudar.

—Perfecto. La tarifa por el cambio es de diez euros.

Mientras se hacía la reserva, el sistema lo rechazó dos veces. En el tercer intento —que la mujer dijo sería el último— el silencio del sistema les pareció excesivo a ambos, casi amenazante.

Después de unos segundos que se sintieron más largos de lo normal, la transacción fue aprobada y, cuando recibió el correo de confirmación, sintió un alivio desproporcionado, casi absurdo, como si por diez euros hubiera restaurado el orden del universo. Sin embargo, mientras guardaba el teléfono, entendió algo que no quiso analizar demasiado: ya no viajaba con holgura sino con precisión quirúrgica, y cualquier descuido exigía una corrección inmediata.

Salir del aeropuerto fue otro ejercicio de desgaste. Confundió el autobús, subió al equivocado y, cuando preguntó en un inglés formal, el conductor respondió en un francés tan rápido y con tanto enojo que no necesitó entender las palabras.

—Lo siento —dijo mientras bajaba, soportando los suspiros molestos de otros pasajeros. Era coherente: eran casi las once de la noche.

Apoyó la frente en el vidrio frío mientras revisaba el panel luminoso de horarios. Antes habría llamado a eso «parte de la aventura», pero esa noche solo lo sintió como tiempo perdido.

Cuando finalmente llegó al hotel —que además había reservado sin darse cuenta en la sede equivocada, cerca del aeropuerto y no en el centro— entendió que el cansancio ya estaba afectando sus decisiones. Aunque no lo veía como un problema, sino como simple desgaste. Se duchó rápido y se acostó decidido a dormir lo suficiente para reiniciar el cuerpo y la mente, pero despertó pocas horas después con la cabeza encendida, como si alguien hubiera dejado una luz interna prendida. Intentó volver a dormir y no pudo, así que abrió el computador y comenzó a trabajar. Cuando levantó la vista, el tiempo se había comprimido y tuvo que salir casi corriendo hacia el centro, atravesando París en autobús.

Alexis lo vio primero. Estaba sentada en la terraza de un café cerca del Sena, con un abrigo largo y el cabello recogido. Levantó la mano al reconocerlo y sonrió con naturalidad. A su lado, una chica de mirada serena observaba el movimiento de la calle.

—Perdón —dijo José apenas llegó, todavía agitado—. Me equivoqué de hotel y tuve que cruzar media ciudad. Es mi primera vez en París, así que me siento afortunado de haber llegado con solo veinte minutos de retraso.

Su reloj decía que era más.

Alexis se levantó y lo abrazó sin pedir explicaciones.

—Estás igual —dijo, separándose apenas para mirarlo mejor—. Solo que más cansado.

La otra chica inclinó la cabeza con suavidad.

—Soy Malaya. Soy de Filipinas. Mucho gusto.

—Mucho gusto. Soy José… y soy colombiano —respondió, un poco apenado.

Se sentaron y, mientras José pedía un café —espresso spécial— y algo de comer —un sándwich con papas, porque llevaba mucho tiempo sin probar bocado—, la conversación empezó a fluir con naturalidad.

Alexis explicó cómo y dónde había conocido a José. Hizo énfasis en que se habían visto un día antes en el hostal donde ambos se hospedaron en Cartagena, justo antes del inicio de la primera pista y su encuentro con el señor Taka. Luego miró a José.

—¿Cómo te ha ido? ¿Qué tal las pistas?

José respondió que estaba bien, aunque cansado. Comenzó a contar su ruta: después de Cartagena le había tocado Guatemala; habló también de su error en México, que lo obligó a correr para no perder el viaje; luego Bermudas; ahora Islandia.

—Lo curioso —dijo Malaya, mirando el mapa e intentando entender el recorrido con su celular— es que ninguno de nosotros está siguiendo exactamente el mismo camino.

—Sí —Alexis sonrió—. Por temas de visas, nacionalidades y opciones, cada uno recibe ciudades distintas, aunque a veces coincidimos. Es como si el mundo estuviera dividido para nosotros.

—Como el Log Pose en One Piece. Cada tripulación recibe una ruta diferente aunque naveguen en el mismo océano.

José asintió.

—Exacto. No es un juego, pero se siente así. Mismo viaje, rutas distintas.

Hablaron de todo un poco: de lo hermoso y mágico que era París, de lo costoso que resultaba viajar de un día para otro, de lo placentero que era conocer tantas personas.

José les contó que estaba montando una empresa en Estados Unidos, que había estado haciendo más papeleo que otra cosa, que incluso volvió a Colombia para entregar documentos y que, después de Islandia, tendría que regresar otra vez para continuar con los trámites.

Malaya lo observó con atención y preguntó con suavidad:

—¿Estás disfrutando? ¿Sientes que el viaje te ha servido? ¿Qué has aprendido?

—Sí —respondió José con firmeza—. Me siento más libre. Trabajo para mí, no para alguien más. Eso me da control.

Malaya inclinó ligeramente la cabeza.

—Ah… qué bueno por ti.

El silencio se instaló unos segundos, y José cambió el foco.

—¿Y ustedes? ¿Cómo les ha ido?

Alexis contó que después de Cartagena fue a Buenos Aires con una pareja de españoles, un chico italiano y otro francés. A estos dos últimos José los recordaba. Cuando preguntó por ellos, ella explicó que ya no seguían en el viaje. Luego narró la aventura que tuvo que hacer para llegar a Dakar, en Senegal, donde conoció a Malaya: voló a Madrid, tomó un tren hasta Lisboa y desde allí salió el vuelo a Senegal.

Después comenzaron a contarle a José que, según los foros, había una teoría: era curioso que nadie hubiera recibido todavía ciudades en Asia. Parecía haber un cronograma invisible detrás de todo. Analizaron el mapa con atención, buscando patrones, pero no llegaron a ninguna conclusión.

José preguntó a qué foros se referían. Alexis explicó que, después de la tercera pista, se había desbloqueado una sección dentro de la aplicación donde la gente hacía preguntas y otros respondían. La lectura era adictiva: teorías sobre el manga, el capítulo secreto… pero los foros más interesantes eran los relacionados con el viaje, los distribuidores, las ciudades y las posibles sorpresas.

José no había visto nada de eso. Cuando abrió la aplicación de Muwi, confirmó que tenía la sección desbloqueada. Había estado tan ocupado que ni siquiera se había dado cuenta.

Malaya, que notó su desconcierto, decidió contar su historia.

—Después de Cartagena, mi siguiente destino fue Houston. Una ciudad muy linda, muy americana. Es la típica ciudad que imaginaba de pequeña cuando pensaba en Estados Unidos. Allí estuve con una chica japonesa; nos llevamos muy bien, pero luego nos separamos. Creo que ya salió del viaje, porque no la encuentro en la aplicación —se refería a la lista de amigos—. Después fui a la playa en Recife, en Brasil. Ellos la llaman la “Venecia de Brasil”, pero no entendí muy bien por qué. Estuve cinco días entre playa, museos, centro histórico y comida. Incluso vi tiburones. Fue espectacular.

A veces le faltaban palabras en inglés y Alexis la ayudaba.

—Y finalmente, Dakar. Tomé un vuelo a Lisboa y, llegando al aeropuerto, me encontré con Alexis y con un chico finlandés llamado Mikael. Gracias a él no morimos en Senegal.

—Sí —añadió Alexis con alivio—. Nos ayudó mucho y nos protegió. Aunque era un poco intenso.

—Fue porque se enamoró de ti. Y tú estabas igual —dijo Malaya, sonriendo.

Alexis se sonrojó y guardó silencio.

—Si se casan, me avisan. Yo les organizo la boda.

José preguntó por qué hablaba de casarlos, y ella respondió que era su negocio.

—En mi vida pasada —antes del viaje— yo era… o soy… asesora de bodas en Quezon City, de donde soy —dijo con una leve sonrisa—. Amo mi trabajo. Me gustan las fiestas, la organización… y hacer feliz a la gente en su día más importante.

La conversación derivó hacia temas más ligeros. Hablaron durante horas: teorías, experiencias, anécdotas. Se fueron conociendo mejor. José, en su mayoría, escuchaba.

Al salir del café tomaron un bus hacia un parque y caminaron mientras seguían conversando. José le pidió a una mujer que les tomara una foto con su Polaroid a los tres frente a un pequeño espejo de agua. A lo lejos se veía la Plaza de la Concordia, aunque José no sabía nada de ella.

Alexis comentó que no había logrado reservar entradas para el Museo del Louvre —donde estaba la Mona Lisa—, pero caminaron hasta la estructura piramidal y se detuvieron a observarla. José y Malaya se asombraron.

Alexis dijo que París no le resultaba tan cautivadora, que prefería su ciudad: Stuttgart.

En un momento, una joven detuvo a Alexis en la calle para preguntarle algo. Ella respondió en un francés impecable, dándole indicaciones. La chica incluso le preguntó dónde había comprado la camisa que llevaba, con un estampado de Francia en un diseño llamativo.

José y Malaya quedaron sorprendidos por su dominio del idioma.

—Nací en Stuttgart, pero viví muchos años en Berlín. Luego regresé con mis abuelos. Hablo alemán, inglés, francés… y algo de español —explicó—. Mi padre me llevaba mucho de viaje; era escritor y conocí casi toda Europa.

Luego miró a José con una sonrisa ligera.

—Por cierto, tu inglés es muy formal… pero has mejorado mucho.

José sonrió, un poco apenado.

Fueron a un restaurante pequeño y comieron crêpes parisinas a la hora del almuerzo. Después caminaron hasta un museo de Monet; observaron las pinturas y hablaron, aunque muchas veces sin entenderse del todo entre ellos. La artista era Alexis, pero se emocionaba tanto que terminaba hablando en alemán. No se daba cuenta, y los otros dos simplemente lo dejaban pasar.

Luego atravesaron jardines cuidados con una simetría casi obsesiva: verdes, húmedos, con senderos que parecían diseñados para no perderse jamás.

Fue ahí, entre los estanques y las flores ordenadas, cuando Malaya lo miró durante más tiempo de lo normal. No habló de inmediato. Solo lo observó.

—Hace un rato dijiste que te sentías más libre —hizo una pausa leve—, pero entonces… ¿por qué trabajas tanto, José?

Él respondió casi de inmediato.

—Trabajo porque ahora puedo. Porque no quiero volver a estar sin dinero. Porque estoy construyendo algo. Porque así siento que hago lo correcto. Y después… voy a tener más libertad.

Malaya no apartó la mirada. Alexis no entendía del todo por qué, pero quería seguir escuchando.

—¿Y cuándo es ese “después”?

El sonido del agua cayendo en una fuente cercana llenó el silencio.

José intentó responder sin pensar demasiado. Cuando pensaba demasiado, la respuesta se desarmaba.

—Cuando todo esté estable —dijo al fin—. Supongo que después del viaje. Por ahora quiero terminarlo, encontrar mi propio One Piece, que en mi caso es mi libertad… una vida que pensé que había perdido. Realmente, lo que hago hoy es para vivir.

El murmullo de las personas, los carros, el agua de la fuente, el viento moviendo los árboles… cualquier sonido parecía mejor que el silencio. Algo se había movido en él y se notaba en su expresión.

Intentando equilibrar el peso de la conversación, José giró la pregunta.

—¿Y tú, Alexis? ¿Cómo haces exactamente para mantener tu viaje?

Ella sacó algunas fotos impresas de su pequeño bolso y se las mostró a ambos.

—Vendo fotos a pequeñas revistas independientes. A veces hago encargos, a veces no. No es mucho, pero es suficiente. Estoy en modo Mitfahrbänkli.

José frunció el ceño. Genuinamente interesado, preguntó:

—¿Qué es eso?

Caminaron hasta un banco; ellas dos se sentaron. José se quedó al lado, de pie.

Alexis sonrió, como si explicara algo sencillo.

—En algunos pueblos de Alemania hay un banco al borde de la carretera. Si te sientas allí, significa que necesitas que alguien te lleve al siguiente pueblo. No sabes quién va a pasar. No sabes cuánto vas a esperar. Solo te sientas… y confías.

Hizo una pausa breve. Los sonidos del parque, que antes incomodaban, ahora parecían sanar.

—Eso es lo que hago ahora. Trabajo lo justo para seguir moviéndome. Cuando algo se mueve, me subo. Cuando no, espero. No lo tengo todo calculado… pero me gusta así.

José imaginó el banco: de madera, quieto, al borde de una carretera estrecha. Imaginó a Alexis sentada allí, con la cámara colgándole del cuello, esperando sin ansiedad.

Intentó imaginarse a sí mismo haciendo lo mismo. No pudo.

Malaya sonrió.

—Es un buen banco.

José preguntó casi en voz baja:

—¿No te da miedo?

Alexis sostuvo su mirada.

—Claro. Pero también me da miedo no sentarme nunca.

La frase quedó flotando mientras ella se levantaba y empezaba a caminar hacia la orilla del Sena.

Los tres volvieron a caminar juntos, aunque esta vez en silencio. José iba en el medio. Pensaba en su empresa, en el vuelo ajustado, en Islandia como una casilla más por marcar. Él no se sentaba; él conducía, incluso cuando estaba cansado.

El celular vibró. Intentó ignorarlo y lo logró la primera vez, pero en la segunda no pudo. Esta vez respondió.

—Ya vuelvo —dijo, sin mirarlas.

Respondió preguntas que no eran importantes, pero responderlas le dio una sensación de tranquilidad. Volvió con las chicas, pero no volvió del todo.

Cuando levantó la vista del teléfono, Alexis y Malaya se reían por algo que él no alcanzó a escuchar. Alexis dejó de hablar cuando notó que él estaba otra vez presente. Nadie reclamó nada. Nadie dijo nada. Pero algo quedó fuera de cuadro.

Caminaron unos minutos más y se tomaron una foto frente a una escultura; al fondo se veía muy pequeña la Torre Eiffel.

Para compartir la imagen entre ellos, se agregaron en la lista de amigos en la aplicación de Muwi; desde allí podían escribirse. Malaya subió la foto con el mensaje: «Pausa con nuevos amigos».

Él miró la foto desde su celular, vio algo más que dos amigas nuevas. Vio una lección y eso lo confundió un poco, pero ya habría tiempo para pensar en ello.

Miró su reloj cartagenero y entendió que debía irse, así que les dijo que tenía el vuelo a las 6:00 p. m. y que debía ir al hostal por sus cosas. Se disculpó por ello y se despidió.

—Viaja más lento —susurró Alexis, mientras compartía un abrazo de sinceridad absoluta, o fue lo que José sintió.

Malaya, siendo un poco más conservadora, le tendió la mano, y José gustoso se la estrechó. Había sentido muy buena conexión con ella.

—Señoritas… la mejor de las malas suertes —se despidió José, y junto a Alexis sonrieron, entendiendo la frase.

El bus lo dejó a unas cuantas calles del hostal, y tuvo que correr para que el tiempo le alcanzara. Recogió sus pertenencias, pagó la noche y tomó un taxi hacia el aeropuerto. Pasó migración y minutos después ya estaba en la sala de abordar. Mientras esperaba, vio la aplicación de Muwi y no pudo evitar sonreír cuando vio la foto de Alexis y Malaya frente a la Torre Eiffel, que brillaba en la noche, con el comentario: «Amo a mi Nakama».

En el avión hacia Islandia decidió que no trabajaría, que esta vez miraría el paisaje. Pero su cuerpo no lo entendió y lo obligó a cerrar los ojos un momento para descansar la vista. Cuando los abrió estaban anunciando el aterrizaje. No vio el hielo extendido bajo el cielo gris ni el océano oscuro ni la luz oblicua cayendo sobre una tierra que parecía recién formada. Solo sintió el contacto leve de las ruedas con la pista, mientras dentro de él el cansancio seguía creciendo, silencioso, todavía sin nombre.