Capítulo 27

Pensamientos dorados

Vista en primera persona desde el interior de un autobús turístico en Islandia. Sobre el regazo del viajero hay un mapa de Islandia con varios puntos turísticos marcados. A través de la ventana cubierta de gotas de lluvia se observa una amplia llanura volcánica oscura con rocas de lava y musgo verde. El cielo está gris y bajo, con una lluvia ligera cayendo sobre el paisaje distante y neblinoso.
Bajo un cielo que no termina de decidir entre lluvia y niebla, la isla respira con una calma antigua. El agua cae, el vapor se eleva y la tierra parece moverse en silencio, milímetro a milímetro. Entre paisajes de roca oscura y musgo infinito, alguien observa, escucha y anota pequeñas certezas que nacen del viaje. A veces basta un instante —una risa inesperada, una corriente de agua, un horizonte gris— para recordar que incluso los cambios más silenciosos están siempre en marcha.

El minibús salió temprano de Reikiavik bajo un cielo compacto que parecía apoyarse sobre la isla entera. La lluvia caía con una persistencia tranquila, tan constante que dejaba de sentirse como un fenómeno pasajero para convertirse en parte del paisaje. No era una tormenta ni una llovizna ocasional: era simplemente la forma que tenía la mañana de existir.

José tomó el asiento junto a la ventana y observó el movimiento hipnótico de las gotas deslizándose sobre el parabrisas antes de que las escobillas las borraran con su ritmo regular. Más allá del vidrio, el horizonte gris avanzaba entre campos de lava cubiertos de musgo. El contraste seguía sorprendiéndole: roca negra endurecida por antiguos flujos volcánicos y, sobre ella, ese verde espeso que parecía crecer sin esfuerzo, como si la isla hubiera decidido suavizar su propia aspereza con el paso de los siglos.

El guía se presentó cuando ya habían dejado atrás la ciudad. Se llamaba Theo y hablaba inglés y español con la misma naturalidad, aunque aquella mañana eligió el español al notar que sus pasajeros eran hispanohablantes. José reconoció a la familia chilena con la que había coincidido el día anterior en las termales; intercambiaron una sonrisa breve, suficiente para reconocer la casualidad del reencuentro. El resto del grupo estaba formado por siete españoles que viajaban juntos como parte de algún paquete turístico. Entre ellos destacaba un hombre de barba entrecana que no dejaba de hacer preguntas al guía, una pareja joven que se fotografiaba en absolutamente todo lo que veían y una chica de risa fácil que parecía encontrar divertido incluso el frío.

José no era un introvertido, pero su manera de hacer amigos era reservada. Iniciar conversaciones sin motivo no era su pasatiempo favorito; aun así, no le costaba participar cuando alguien lo incluía.

Los españoles comentaban el paisaje, hacían preguntas al guía y bromeaban sobre el clima con esa mezcla de entusiasmo y resignación típica de los primeros días en Islandia. José escuchaba fragmentos sueltos mientras miraba por la ventana.

Afuera, el paisaje seguía desplegándose con una amplitud silenciosa: roca negra, ondulaciones cubiertas de musgo, charcos que reflejaban el cielo bajo como pequeños espejos dispersos.

Tomó un par de fotos con el celular casi por reflejo y luego revisó la Polaroid dentro de su mochila. Aquella cámara tenía otro propósito: las imágenes del celular eran rápidas y acumulativas; las de la Polaroid, en cambio, eran elecciones. Cada fotografía terminaría pegada en su diario de viaje junto a algunas líneas que eventualmente escribiría cuando el movimiento del viaje se detuviera y las ideas pudieran acomodarse con algo de calma. No se detuvo demasiado a pensar en las páginas que escribiría sobre ese viaje; desde que había salido de Miami, unos días atrás, habían pasado muchas cosas, y sabía que debía tomárselo con mesura.

El Parque Nacional Þingvellir apareció ante ellos como una extensión abierta de tierra fracturada. No era un paisaje dramático en el sentido tradicional —sin montañas imposibles ni precipicios vertiginosos—, pero su grandeza era silenciosa y geológica. Theo, en su papel de guía, reunió al grupo y explicó cómo América y Europa se separaban lentamente justo allí, bajo sus pies: apenas unos milímetros al año que, con el tiempo, terminaban dibujando el paisaje entero.

José caminó hasta una de las grietas. La fisura descendía en la tierra revelando capas antiguas de roca. Se inclinó para observarla mejor mientras la humedad oscurecía las paredes y pequeñas gotas se deslizaban por la superficie. El viento soplaba frío. Por un momento dejó de escuchar al grupo. Pensó en la extraña idea de que el suelo se estuviera separando lentamente bajo sus pies: un movimiento paciente, casi invisible para cualquiera que estuviera allí solo un día.

Sacó el celular y escribió unas pocas palabras antes de que la idea se disipara: “A veces los cambios más importantes ocurren tan despacio que resultan imperceptibles mientras suceden.”

Cuando levantó la vista, una chica española del grupo intentaba tomarse una foto estirando el brazo.

—¿Quieres que la tome? —preguntó José.

Ella aceptó agradecida. Después de algunos intentos y un par de risas, le devolvió el gesto.

—Ahora te toca a ti.

José sacó la Polaroid, observó la luz un momento y le indicó rápidamente dónde presionar el botón. Luego se colocó frente a la grieta mientras ella sostenía la cámara. El mecanismo hizo su sonido seco y la fotografía salió lentamente —de nuevo, esa manía de tomarse su tiempo—. Al ver el resultado, notó algo curioso: estaba sonriendo. No era una sonrisa pensada para la foto; simplemente había aparecido.

El recorrido continuó.

—Oye, Theo —preguntó el hombre de barba entrecana—, ¿y esto cuánto tardará en separarse del todo?

—Si espera lo suficiente, tal vez lo vea —respondió el guía con una sonrisa.

—Pues me quedo unos siglos más, entonces —dijo el hombre, provocando algunas risas mientras caminaban hasta la cascada de Öxarárfoss, donde el agua descendía por una pared de roca oscura antes de dispersarse en una nube fina de gotas.

José se quedó observándola unos minutos más que el resto del grupo. Había algo casi hipnótico en la forma en que el agua se precipitaba sin detenerse, sin dudar, como si todo su sentido fuera simplemente caer.

Mientras regresaba hacia el sendero, sacó el celular otra vez y escribió algo, pero se detuvo a mitad de la frase. No le convencía. Guardó el teléfono.

Después de cientos de fotos, explicaciones y algunas quejas por el frío —a pesar de la escasez de turistas— regresaron al minibús y se dirigieron a un nuevo destino: los géiseres, Geysir y Strokkur, ubicados prácticamente en medio de la nada.

Por aquellos parajes, la niebla espesa era la verdadera anfitriona. Allí observaron cómo el vapor emergía del suelo en columnas irregulares. Theo explicó la presión acumulada bajo la superficie mientras el grupo esperaba la siguiente erupción.

Cuando finalmente ocurrió, el agua salió disparada hacia el cielo con una fuerza repentina que hizo retroceder a algunos turistas. Fue divertido. Todos tomaron fotos, grabaron videos, caminaron por los alrededores y observaron los dos géiseres: el activo y, según la niña chilena, “el que ya no servía”.

La explosión de agua y vapor era impactante. Mientras el frío los azotaba, José no pudo evitar pensar en la presión acumulada bajo la tierra. Sacó el celular de nuevo. Esta vez la frase sí apareció completa. La naturaleza parecía funcionar siempre bajo la misma lógica: la presión terminaba encontrando una salida. El agua. El vapor bajo la tierra. Los ríos atrapados entre montañas. Incluso la propia tierra, separándose milímetro a milímetro.

La frase de la niña volvió a cruzarle la mente: “el que ya no servía”.

Pensó entonces en las personas. En todo lo que guardaban, en todo lo que postergaban durante años: ¿no funcionaban los sueños de la misma manera? Algunos terminaban encontrando una salida; otros parecían quedarse allí, en silencio.

El grupo caminó hasta una colina cercana. Desde la cima, José le pidió a un joven que le tomara una foto. De nuevo estaba sonriendo, aunque esta vez ni siquiera se dio cuenta.

Volvieron al minibús y, menos de quince minutos después, ya estaban otra vez caminando entre la niebla, que no era tan espesa como antes.

A lo lejos se escuchaba la caída del agua y Gullfoss apareció como una ruptura gigantesca en la tierra. El río se precipitaba en dos niveles antes de desaparecer dentro de un cañón profundo cubierto de neblina. El rugido del agua llenaba el aire.

Caminaron hasta el final del sendero, desde donde pudieron contemplar la majestuosidad del río antes de su caída.

Hubo una nueva ronda de fotos para los españoles y, finalmente, alguien propuso hacer una fotografía grupal.

Un hombre de mediana edad que también visitaba el lugar aceptó tomar la cámara. Se colocó unos pasos atrás, levantó el dispositivo y frunció los ojos para encuadrarlos.

—A ver, todos juntos… —dijo en inglés—. Pero hay un problema.

El grupo lo miró con curiosidad.

—Hay un chico aquí que está haciendo un esfuerzo enorme por no sonreír.

Algunos giraron la cabeza siguiendo la dirección de su dedo.

—¡José! —dijo una de las chicas entre risas—. Espabila, hombre.

—Déjanos al menos un bonito recuerdo —añadió otro.

José levantó las manos con resignación.

—Está bien, está bien…

Cuando el hombre tomó la foto, la sonrisa ya había aparecido, inevitable. Todos aparecieron muy felices a pesar del frío, incluido José, que quedó en medio de la imagen, abrazado por una de las chicas españolas.

Risas, explicaciones, chistes flojos y silencios de contemplación hicieron que el lugar resultara sorprendentemente divertido. Cuando Theo sugirió la retirada, más de uno se quejó; sin embargo, con la promesa de una buena comida antes del siguiente punto, todos se sintieron motivados, especialmente al saber que el restaurante estaría caliente.

José suspiró con una sensación tranquila de felicidad y anotó algo más en su celular.

Antes de continuar hacia el siguiente punto, Theo condujo el minibús hasta un pequeño restaurante de carretera. Desde fuera no parecía gran cosa: una construcción baja de madera oscura con ventanas empañadas por el calor del interior.

Al entrar, el contraste fue inmediato. El aire cálido los envolvió como una manta y algunos se quitaron los guantes con alivio. El olor a sopa caliente llenaba el lugar.

La familia chilena se instaló en una mesa cercana a la ventana, mientras los españoles discutían animadamente qué pedir, como si elegir comida en aquel clima fuera una decisión estratégica.

José pidió una sopa caliente y se sentó en silencio, observando cómo la lluvia continuaba cayendo sutilmente detrás del vidrio empañado. Afuera todo era gris y húmedo; dentro, el vapor de los platos y el murmullo de las conversaciones hacían que el lugar pareciera momentáneamente ajeno al clima de la isla.

Cuando la sopa llegó, el calor le recorrió el cuerpo con una lentitud agradable. Durante unos minutos nadie habló demasiado. Todos parecían concentrados en la misma tarea sencilla: recuperar temperatura antes de volver al paisaje.

Con baterías recargadas, el minibús hizo una breve parada en Brúarhlöð. Desde arriba, el río parecía abrirse paso entre paredes de roca oscura con una obstinación silenciosa. El agua tenía un tono turquesa intenso que contrastaba con la piedra negra del cañón.

José, rodeado de rocas húmedas y envuelto por la niebla, observó la corriente. Allí no había explosiones como en los géiseres ni caídas espectaculares como en las cascadas. Solo el trabajo constante del agua, avanzando centímetro a centímetro, desgastando la roca con paciencia.

Pensó que tal vez muchas transformaciones ocurrían de esa forma: no por un momento de fuerza repentina, sino por la repetición silenciosa de algo que nunca se detenía. Sacó el celular y anotó unas palabras antes de que la idea se disipara.

El lugar, sin embargo, no pareció entusiasmar demasiado al resto del grupo. Algunos se acercaron al borde, miraron el cañón unos segundos y regresaron al sendero.

—Theo, llévanos a otra cascada —dijo uno de los españoles medio en broma—. ¡Pero una de las buenas! Esto me da sueño.

—Esta también es buena —respondió el guía con paciencia—. Solo que no grita.

Y casi como un deseo concedido, se detuvieron unos minutos después en “Faxi”, una cascada amplia y serena que parecía abrirse como un abanico sobre la roca. No era tan imponente como otras que habían visto durante el día, pero tenía una calma particular, como si el río hubiera decidido descender con paciencia en lugar de precipitarse.

José caminó hasta la orilla mientras el sonido del agua llenaba el aire con un murmullo constante. Desde allí podía ver cómo la corriente se extendía sobre la piedra en decenas de pequeñas caídas paralelas.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Ni lo intentes —le dijo Theo desde unos metros atrás—. Está más fría de lo que parece.

José sonrió y retrocedió un paso.

Durante unos segundos no pensó en nada específico. Solo observó cómo el río se deslizaba sobre la roca en múltiples corrientes, cada una encontrando su propio camino hacia abajo. Le gustó la idea de que incluso dentro de un mismo río cada hilo de agua eligiera una ruta distinta.

Al final del día, cuando la lluvia dio una pequeña tregua, visitaron el cráter volcánico de Kerið. El lago en su interior tenía un color claro y tranquilo que contrastaba con las paredes rojizas del cráter. El sendero bordeaba, en la parte más alta, la formación como una cicatriz rasgada en la tierra.

José caminó despacio alrededor del cráter mientras el viento soplaba con más fuerza que durante el resto del día. Desde arriba, el lago parecía inmóvil, como si el agua hubiera quedado atrapada allí mucho tiempo atrás.

Pensó que aquel lugar se parecía más a una herida que a un paisaje: una abertura en la tierra que, con el paso del tiempo, había terminado llenándose de agua y silencio. José sacó el celular una última vez: “Algunos lugares —escribió— parecen recordarte que incluso las explosiones más violentas terminan convirtiéndose en calma.”

Cuando regresaron al minibús, el viento ya soplaba con más fuerza y la lluvia comenzaba a caer otra vez, fina pero persistente, como si la isla hubiera decidido cerrar el día de la misma manera en que lo había abierto.

Esta vez casi nadie habló. El cansancio del recorrido y el calor del interior del vehículo fueron apagando las conversaciones poco a poco.

José volvió a ocupar el asiento junto a la ventana. Afuera, los campos de lava prehistórica cubiertos de musgo se extendían bajo la luz tenue de la tarde, cada vez más difusa a medida que el cielo se oscurecía.

Las imágenes del día regresaron con una claridad inesperada: la tierra separándose lentamente en Þingvellir, el agua cayendo sin descanso en las cascadas, el vapor acumulado que finalmente estallaba en los géiseres, el río desgastando la roca con paciencia dentro del cañón, el cráter silencioso que alguna vez había sido una explosión. La naturaleza parecía decir siempre lo mismo con escenarios distintos.

Sacó el celular una vez más y escribió una última línea antes de guardarlo.

Cuando levantó la vista, las primeras luces de Reikiavik ya aparecían a lo lejos, pequeñas y cálidas en medio de la oscuridad creciente. José apoyó la cabeza contra la ventana por un momento. Afuera, la lluvia seguía cayendo con la misma calma obstinada de la mañana.