Hielo confortable
José se despertó temprano. La habitación seguía en penumbra como si, por las ventanas, la luz u oscuridad ya predijera la suerte climática del día. Al abrir la cortina que daba a la calle cerrada, con ayuda de las farolas de la calle y sus pequeños aportes de luz, vio cómo la lluvia caía con una constancia delicada, casi muda. Apenas insinuada en el vidrio.
De pie, viendo la pared de la casa vecina, se quedó pensando en su actividad del día anterior, en lo que le tocaba aquel día y lo que vendría en la noche. Pensó en Islandia, en la pista, en el código, en la cámara de Thomas, en su polaroid, en las placas tectónicas, en su madre, en Sara. Se sintió un poco triste, y por primera vez pensó que quería escuchar música. Durante el viaje se había negado, sin saber por qué, a oír música, y quiso sumergirse en ese momento en algunas canciones tristes, esperando sentirse más confortado.
Volvió a la cama, se sentó y tomó el celular de la mesa de noche. Abrió la aplicación de Muwi casi por costumbre. El contador seguía ahí, implacable. Quedaban algunas horas para que se destapara el nuevo poema y se veían 257 participantes de 463. Sus pensamientos se volcaron a la idea de “si antes de finalizar la tarde nadie más conseguía el código que daba Thomas”, ya no habría vuelta de hoja, y solo el cincuenta por ciento de los participantes de esta pista podría avanzar a la siguiente. Estaba agradecido con esa eficiencia que había tratado de aplicar en el viaje, recordando que él había sido el primero en tres ocasiones de las cuatro que había tenido; eso le daba más tiempo para descansar y más tranquilidad.
Dejó el teléfono a un lado sin mirar nada más y se incorporó con lentitud. Tenía el cuerpo todavía cargado por el cansancio acumulado de los últimos días, y fue directamente a la ducha esperando que la carga se fuera, pero al salir y vestirse, se dio cuenta de que aún estaba esa sensación sobre su cuello, a pesar del agua geotérmicamente calentada.
Listo para la nueva expedición, incluso con sus nuevas botas resistentes al agua y el impermeable cortavientos, se sentó a esperar la hora de la llegada del bus, a ajustar lo que debía hacer al día siguiente, pues antes del mediodía tendría el nuevo poema. Había comprado boleto de ida a Colombia con escala en Madrid, por lo que, antes de bajar a desayunar, revisó los documentos: el pasaporte, los comprobantes del vuelo, la reserva del hotel de Madrid y la cita de la embajada para su nueva visa; esta última solo la quiso confirmar. Dejó todo listo para el día siguiente, y de paso revisó las notificaciones y mensajes, aunque no quería hacer nada. Vio unos correos de sus clientes, pero ni los leyó; en cambio, contestó a unos mensajes de WhatsApp de uno de sus colaboradores. Lo revisó y pensó que era un problema superficial, así que explicó la solución en un audio de menos de treinta segundos, incluido la muletilla: “Me avisa si no puede solucionarlo”.
Antes de salir, revisó las baterías de la Polaroid y los cartuchos de papel, que se agotaban con rapidez y que no tardaría en tener que reponer. La intención era tener el material necesario para seguir tomando fotos durante las excursiones y demás pistas. Debía empacar cosas para la travesía. Si todo iba bien, volvería al hotel al día siguiente antes del mediodía y su vuelo lo tendría a última hora de la tarde. Confirmó su reloj cartagenero y vio la hora: iba justo. Bajó a desayunar, pero era muy temprano, así que solo logró tomar un café y alguna galleta. Le pidió a Einar, el recepcionista, si podían dejar un ejemplar del periódico de cualquiera de los últimos tres días en su habitación. Le dejó claro que solo necesitaba uno.
Cuando terminó su segundo café, salió del hotel. Eran las seis y media. Ya estaba el minibús esperándolo. El aire olía a humedad, a asfalto mojado y a ese frío mineral que parecía salir directamente de las piedras. Había pocas personas que iban y venían por la calle con impermeables, gorros y bufandas, caminando rápido, como si en esa ciudad nadie se sorprendiera realmente por la lluvia.
José se sacudió un poco el agua de la chaqueta antes de subir, y apenas puso un pie adentro, reconoció varias caras del día anterior. Ahí estaban otra vez los siete españoles con quienes había coincidido. Al ver entrar a José, un par de ellos levantaron la mano para saludarlo con familiaridad. Este les devolvió la seña. Buscó a más conocidos, pero percibió que la familia chilena no los acompañaría.
En el bus había una pareja mayor. El hombre tenía un abrigo beige impecable y las manos cruzadas; la mujer llevaba un gorro de lana azul marino y una expresión serena. También iban dos chicas jóvenes, bien abrigadas, con esa energía ligera de quien está de vacaciones sin mayores urgencias. Bartolomé estaba allí. José lo reconoció al instante. El francés levantó la vista, lo vio y le dedicó una sonrisa tranquila, como si su presencia encajara sin necesidad de explicaciones. José se acercó para sentarse junto a él.
—¿Puedo?
—Por supuesto —Bartolomé le permitió sentarse a su lado—. Te presento rápidamente —dijo Bartolomé, inclinándose un poco hacia el pasillo con una naturalidad amable, sin imponerse—. Ellos son los señores Geduld.
La pareja alemana saludó con una cortesía sobria.
—Y ellas son Tina y Diane —añadió, señalando a las italianas, que se giraron con una sonrisa breve y dijeron “ciao” casi al mismo tiempo.
José sintió una calidez inesperada, suficiente para dejar de prestar atención a lo demás. Miró a Bartolomé, quien preguntó:
—¿Listo para el viaje?
José asintió. No hacía falta más.
En ese momento subió el guía. José tardó apenas un segundo en reconocerlo: era Theo, el mismo del día anterior.
El minibús arrancó bajo la misma lluvia fina de la mañana. El grupo se mantuvo activo desde el inicio. Theo hablaba con soltura, alternando entre inglés y español, especialmente cuando los siete españoles intervenían, cosa que ocurría con frecuencia. Preguntaban, comentaban, reaccionaban a todo. Bartolomé también participaba con naturalidad, entrando y saliendo de las conversaciones sin esfuerzo. José escuchaba, intervenía cuando lo incluían y observaba el ritmo del grupo, que se sostenía alto y constante.
La primera parada fue en Seljalandsfoss, una cascada alta y abierta que caía frente a un sendero que permitía rodearla. Apenas bajaron, todos sacaron los impermeables. José miró sus botas nuevas y, al dar los primeros pasos sobre el terreno húmedo, agradeció haberlas comprado. El grupo avanzó sin dudar, cruzando detrás de la caída de agua entre risas breves y movimientos rápidos para esquivar las ráfagas. Salieron mojados, pero con energía intacta.
Continuaron hacia Gljúfrabúi, una cascada escondida dentro de una grieta estrecha en la roca. Para entrar, tuvieron que avanzar entre piedras húmedas hasta quedar prácticamente dentro del espacio cerrado. La experiencia fue más directa: agua, sonido, cercanía. Volvieron a salir igual que antes, mojados y activos. Afuera, uno de los españoles —el hombre de barba— llamó a José para una foto. Hizo un par de comentarios mientras encuadraba y José respondió sin esfuerzo. Se integró al grupo sin pensarlo demasiado. Bartolomé se movía entre ellos, organizando posiciones, sugiriendo ángulos. Una de las italianas tomó una foto de José con el celular. Permanecieron un buen rato antes de regresar al minibús.
Media hora después, el cielo se abrió lo suficiente como para dejar pasar algo de sol. Cuando llegaron a Skógafoss, la diferencia era evidente. La cascada, ancha y constante, se podía ver desde abajo y también desde un mirador elevado a la altura de la caída. Subieron por la escalinata y observaron desde arriba. Theo explicó, sin detenerse demasiado, que el volumen de agua se debía en parte a la cercanía de uno de los glaciares más grandes de Europa, ubicado al norte. Abajo, el agua generaba un arcoíris estable que mantuvo al grupo varios minutos tomando fotos y señalando detalles.
Treinta minutos más tarde llegaron a Reynisfjara, una playa de arena negra con columnas de basalto al fondo, conocida por ser una de las más peligrosas del país. Antes de bajar, Theo les recordó el sistema de advertencia del oleaje: un semáforo que indicaba el nivel de riesgo. Estaba en rojo. También mencionó el documento que habían firmado, dejando claro que cualquier riesgo asumido no recaía sobre la empresa. Uno de los españoles hizo un comentario al respecto y generó risas. Ya abajo, el mar avanzaba con fuerza. Algunos turistas corrían entrando y saliendo con las olas. Bartolomé intervino con tono firme, casi paternal, pidiendo cuidado. El frío había regresado y el sol ya no estaba.
Aun así, el grupo se mantuvo activo. Bartolomé tomó varias fotos para otros, moviéndose con rapidez entre celulares y cámaras, ayudando a todos. Caminaron sobre la arena negra, entre piedras pulidas y formaciones de basalto. Se tomaron fotos frente a las columnas que parecían escalones naturales. José pidió una foto sentado en la altura; Bartolomé usó la Polaroid esta vez. Rieron más de lo esperado, incluso con el viento constante y las olas desesperadas.
A unos quince minutos, apareció Vík, un pequeño pueblo costero. La iglesia en lo alto captó la atención de todos. Almorzaron en un restaurante pequeño, prácticamente reservado para el grupo. El ambiente fue tranquilo, pero animado. Después, caminaron unos minutos por el lugar antes de retomar la ruta.
La lluvia empezó y se mantuvo constante afuera. Theo propuso juegos sencillos para el trayecto. El juego avanzaba rápido, entre correcciones, repeticiones y risas. Algunos se quedaban en blanco, otros improvisaban. Bartolomé entraba con facilidad, resolviendo palabras sin dudar. Las italianas participaron también, mezclando idiomas sin preocuparse demasiado por la precisión. José intervino un par de veces, sin forzarlo. No seguía todas las minucias del juego, pero se mantenía dentro del ritmo. La actividad se sostuvo durante un buen tramo del recorrido, hasta que empezó a perder fuerza por sí solo. Sin necesidad de cerrarlo, las intervenciones se hicieron más espaciadas. Theo aprovechó ese cambio —muy obvio— y tomó la palabra. Ya no explicaba. No organizaba ideas. Todos guardaron silencio y escucharon su cuento en inglés. Dejaba caer relatos breves, despacio, esperando que todos entendieran sus palabras; ligeros, como si no tuvieran peso, como si fueran apenas distracciones para el camino.
Habló de un elfo que le tenía miedo a la oscuridad. Nadie sabía dónde se escondía cuando caía la noche. Nadie lo había visto nunca enfrentarse a ella.
—¿Tú a qué le tienes miedo cuando nadie te ve? —preguntó, pero no esperó respuesta.
Luego habló de un ogro que coleccionaba risas. No por crueldad, sino porque no terminaba de entender qué eran. Las guardaba como si, en algún momento, fueran a explicarse solas.
—Si pudieras guardar algo… algo que todavía no entiendes… ¿qué sería?
El camino siguió deslizándose afuera.
Contó entonces de un elfo que siempre llegaba tarde a todo. No porque fuera lento, sino porque dudaba antes de cada decisión, incluso de las más pequeñas. Un día dejó de elegir… y descubrió que, aun así, las cosas seguían pasando.
—¿Qué pasaría si dejaras de decidir por un momento?
Habló también de un ogro que no podía enojarse. Lo intentaba, pero algo en él lo detenía justo antes. Los otros lo consideraban defectuoso. Él no estaba seguro.
—¿Alguna vez sentiste que te faltaba algo… o que te sobraba?
Casi sin énfasis, añadió otra historia: un elfo que construyó una puerta en medio del bosque. No llevaba a ningún lugar. Aun así, cada día la abría y la cruzaba, como si esperara que algún día cambiara.
Theo dejó que el silencio durara un poco más esta vez.
—¿Cuánto tiempo insistirías en algo que no funciona?
Afuera, el paisaje seguía repitiéndose.
La última fue más corta: un ogro que encontró lo que llevaba años buscando… y no lo reconoció.
—Si lo encontraras… ¿sabrías verlo?
El tono no cambiaba, pero algo en la forma sí. Ya no era solo un desvío del relato principal. Era otra cosa. Algo que se filtraba. Las historias seguían siendo pequeñas, para niños, pero ya no eran ligeras.
Todo el mundo escuchó atento, muchos reflexionaron, sobre todo José.
Cuando sintió que el ambiente en el minibús estaba pesado, les contó una historia real, sobre unos arquitectos que, antes de construir un complejo hotelero, decidieron pedir permiso a los elfos del lugar para evitar problemas. Nadie sabía si era tradición, precaución o simple respeto. Pero causó muchas preguntas, risas y el ambiente mejoró mucho.
—Sí, es una historia real.
El trayecto hacia Jökulsárlón duró alrededor de dos horas y media. Al llegar, el paisaje cambió: bloques de hielo flotando, fragmentos dispersos en la orilla: la playa de los diamantes. El hielo disperso sobre la arena negra generó una reacción más visual que emocional. Las fotos se multiplicaron. Las voces volvieron por momentos. También la laguna glaciar, con los bloques flotando en silencio, detuvo un poco más al grupo. Había algo en ese movimiento lento que imponía otro ritmo.
José observó, sin querer retener nada, dejando que todo pasara y quedándose únicamente con esa sensación y ese sentimiento.
Theo dio algunas recomendaciones y luego abordaron una lancha para recorrer la laguna. El grupo reaccionó con entusiasmo: risas, gritos, comentarios constantes. La lluvia volvió, similar a la de la mañana. José lo notó sin detenerse demasiado en ello. Bartolomé, en contraste, se mantuvo más callado durante ese tramo.
Cuando regresaron al minibús por última vez, el silencio se instaló sin resistencia.
Las conversaciones se redujeron a intercambios breves. Algunos cerraron los ojos. Otros miraban por la ventana sin enfocarse en nada específico.
El calor interior empezó a sentirse más pesado. José apoyó la cabeza contra el vidrio, viendo cómo el paisaje se desplazaba sin pedir atención. Él pensaba en los lugares, en ninguno en particular, sino más bien en la sensación que habían dejado, superpuestas, sin orden: el mar, el viento, la roca, el hielo. Todo estaba ahí, pero sin forma clara.
—Te quedaste más callado después de la playa —dijo Bartolomé, en voz baja.
José no respondió de inmediato. No porque no quisiera, sino porque la observación le pareció demasiado precisa como para contestarla rápido.
—Puede ser —dijo finalmente.
Bartolomé asintió, como si no esperara una explicación mayor, y unos segundos después, continuó:
—A veces pasa. Hay lugares que no te dicen nada… y otros que te quitan cosas.
José giró ligeramente la cabeza.
—¿Quitar?
Bartolomé sonrió apenas, pero no como antes. Era una sonrisa más corta, más contenida.
—Sí… te quitan ruido.
El minibús siguió avanzando.
—Uno cree que viene a ver cosas —añadió, mirando hacia adelante—. Pero a veces lo que pasa es que deja de escuchar otras.
José no dijo nada, no porque no tuviera qué decir, sino porque la idea no terminaba de acomodarse del todo. Bartolomé tampoco insistió y se quedó en silencio unos segundos más, como si estuviera decidiendo si seguir o no.
—Yo no viajo mucho —dijo finalmente—. No de esta manera.
José lo miró ahora con más atención. No había cambio dramático en su expresión. Seguía siendo el mismo hombre tranquilo del inicio del día. Pero había algo distinto en el ritmo.
—Y cuando empecé… —continuó Bartolomé— me di cuenta de que no era tanto por los lugares. —Se detuvo, tratando de buscar las palabras correctas—. Era por lo que pasaba cuando ya no tenía nada que hacer.
José sostuvo la mirada un segundo más.
—¿Y qué pasaba?
Bartolomé exhaló por la nariz, como si la respuesta no fuera completamente nueva para él.
—Al principio, incomodidad. —Una pausa—. Después… menos cosas de las que esconderme. —El minibús siguió su camino y ya nadie más hablaba—. Por eso me gusta que lo hayas llamado viaje —dijo Bartolomé, girando apenas la cabeza hacia José—. No juego.
José no respondió.
Afuera, la luz empezaba a caer con la misma suavidad con la que había comenzado el día. El paisaje se desdibujaba lentamente. Adentro, el silencio ya no era incómodo. Solo estaba ahí mientras la lluvia se intensificaba afuera.
A mitad del trayecto, la lluvia se intensificó de forma evidente. Se redujo la velocidad y se anunció una parada. El minibús se detuvo en Hella, un pequeño punto en la carretera donde el clima obligaba a reorganizar el ritmo del final del día.
Bajaron rápidamente, incluso el conductor que los acompañaba en el tour y que no participaba en nada. Todos ajustándose las chaquetas antes de correr unos metros hasta un restaurante bajo, de luz cálida y ventanas empañadas. El contraste fue inmediato. Afuera, el agua golpeaba con fuerza; adentro, el calor los envolvió de golpe.
Se acomodaron sin orden fijo, ocupando espacio mínimo para poder calentarse. El lugar era bastante grande, era más que suficiente para ellos y algunos otros grupos que estaban refugiándose de la lluvia también. Alguien pidió sopa. Otro café. Otros algo más consistente. Nadie tenía prisa. El cielo ya estaba oscuro a pesar de la hora, y el pronóstico del clima diría que sería una lluvia pasajera en el sur.
Las conversaciones volvieron, pero distintas. Más pausadas. Más cortas. El cansancio empezaba a notarse, aunque no rompía el ambiente. Los españoles seguían comentando entre ellos, bajando el tono. Las italianas hablaban en voz baja. La pareja hablaba entre ellos en un alemán muy rápido, que José pensó inicialmente que estaban molestos entre ellos, pero al parecer no. Bartolomé participaba menos ahora, escuchando más de lo que decía.
Theo se acercó a una de las mesas, comentó algo breve y generó un par de respuestas rápidas. Nada estructurado: “Nos quedaremos hasta que pase la lluvia. Yo gasto el primer té”. El grupo se quedó más tiempo del previsto.